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Homenaje al poeta jujeño, Domingo Zerpa



DOMINGO ZERPA, EL POETA JUJEÑO QUE SUPO TRASCENDER


20 de diciembre, natalicio de Domingo Zerpa. Había nacido en 1909, más allá de Abra Pampa, a unos diez kilómétros camino a la Quiaca, en Runtuyoc. En ese entonces, estaban terminando las líneas del ferrocarril, el terraplén, las alcantarillas. En ese paisaje pasó su niñez.

Debemos decir que Domingo Zerpa está reconocido como el primer poeta jujeño que trascendió el conocimiento general de las fronteras de la provincia. En una tarde otoñal de mayo, días antes de que partiera para siempre, lo visité en San Pablo de Reyes. Me recibió junto a su esposa Dora Tregini, también poeta, con la cordialidad que lo caracterizaba. Recuerdo que me mostró las flores, el agua de la acequia que pasaba por su jardín, el paisaje. Y lo hizo con el orgullo de quien ha cuidado ese ambiente.

En su poética notamos distintas miradas tanto en la temática como en la versificación.

El lenguaje transparente de sus primeros libros en donde describe el paisaje y al hombre del norte con sus costumbres, objetos y relaciones humanas, se universaliza líricamente para hablar hasta del Che Guevara y del símbolo que este representa. Siempre aparece su comprensión humana, esa comprensión que se reflejaba en la ternura de su mirada, en su cálida palabra.

En esta ocasión, queremos quedarnos con su poesía comprometida socialmente, y elegimos su poema Los arriendos, en donde manifiesta líricamente el carácter sumiso, sacrificado y también rebelde del hombre norteño frente a las acciones del poder injusto y abusivo, acciones que en muchos casos siguen vigentes, lamentablemente.

Con estas palabras, rescatamos su imagen de caballero de la puna, su voz que sabía decir melodiosamente sus versos, y su bonhomía inclaudicable que siempre lo caracterizó.

LOS ARRIENDOS

Hace varios años,

señor tata cura,

que vengo escuchando

tu sermón de Pascua;

cada año la misma

procesión doliente,

y la misma queja

que se va del alma.

Cada año la tierra

desnuda y sedienta

nos quita el granero,

nos priva del agua;

y en la altiplanicie

pastores y arrieros

bebemos las gotas

piadosas de tu habla.

—Amados hermanos

(nos dice sumiso).

—Amados hermanos:

tengamos paciencia,

recemos por todos

un Ave María,

roguemos al cielo

por nuestras haciendas.

Amados hermanos,

repiten los cerros,

como conmovidos

por nuestras plegarias,

hasta las estrellas

tiemblan más medrosas

y la luna llena

se pone más blanca.

Hace varios años,

señor tata cura,

que vengo escuchando

tu sermón de Pascua;

cada año la misma

gota de mis ojos,

y la voz que triste

muere en mi garganta.

Mas hoy, ya no puedo

quedarme en silencio,

que adentro me dicen

que grita con ganas

y adentro yo tengo,

señor tata cura,

mis padres ancianos,

mi esposa, mis guaguas.

Los otros, quién sabe,

tal vez no los tengan,

y si los tuviesen…

yo no digo nada;

solo Dios, que es grande,

dirá si merecen

guardarles respeto,

mirarles la cara.

Ayer, por la tarde,

llegaron al rancho,

con botas lustrosas

y espuelas de plata;

a mi cachacito,

que salió a torearlos,

de cuatro balazos

tiráronle antarca.

Apenas me pude

reponer del susto,

cuando me gritaron:

—¡Coya mala traza,

pagá los arriendos

si no querés verte

más pobre que el diablo

que perdió las astas!

Y como temblando

yo les contestase:

—Perdón, por ahora,

me encuentro sin plata,

sin otros centavos

que estos brazos fuertes

que pueden servirles

para cualquier changa…

Los hombres de botas,

sin oír mis ruegos,

en cuatro minutos

quemaron mi casa…

Señor tata cura,

deme unos remedios

para estos guascazos

que tengo en la cara.


¡Siempre en nuestro recuerdo, querido poeta!

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