Mario Lobo, el “Viento Norte”, el destino de un apellido
Nadie vino al mundo con un nombre y apellido ilustre como él, ya que fue una marca registrada para las tribunas que lo idolatraron, como uno de los emblemas más notables de los nuevos tiempos.
Porque jugar en Gimnasia y Esgrima de Jujuy, con el mote de "el Lobo Jujeño", no es un detalle menor. Lobo, fue un apellido que no tenía otro destino, que de ser el rótulo, de honrar la camiseta de Gimnasia. Mirá que apellidarse justamente ¡Lobo!, la ventura de pertenecer a un modelo de Institución.
Todavía se recuerda aquella tarde cuando –sentado al lado de Marcial Acosta- él lo mandó a llamar, cuando Mario jugaba en Circulo Deportivo Policial, para que hablara con el gran maestro. Él solo le pidió volver al club de sus orígenes porque esa tarde la "rompió" en el viejo estadio La Tablada.
Entonces Mario Lobo volvió a su casa, más allá de sus correrías en la Avenida Párroco Marske, en las vías del ferrocarril, cerca del apeadero. También jugaba –cruzando la avenida Almirante Brown –en el barrio 17 de Agosto, en el potrero de la "Pachi" Gorriti, o en Santa Rosa, al otro lado de la ruta.
Su vida fue presidida por el apólogo que significó el memorable Colegio El Salvador, en dónde jugaba para ese prelado del fútbol jujeño, como fue el padre Marcelo Göttig. Por esos días, jugaba los campeonatos infantiles en los torneos Evita, o por torneos que se llevaban a cabo por el "sandwich" y la gaseosa. Su hermano Luis era chiquito, pero Mario tenía su cláusula, ya que un emparedado y un refresco lo pactaba para su hermanito.
Después se abrió cancha, con sus feroces corridas y sus explosivos goles. Madurando entre la miseria de nuestra menesterosa economía del fútbol. Por eso, se fue a Independiente de Avellaneda, dejando su sello en algún clásico.
En esos tiempos erigió un porvenir, tanto, que lo prestaron al Sporting Cristal de Perú. Cómo no recordar aquellos dos goles que marcó al "Loco" Gatti, nada mas y nada menos que ¡en la Bombonera!
Japón lo esperaba luego para descubrir una plaza a la que, más adelante, recurrirían varios.
Hasta que volvió a su país, y para volver a Gimnasia y Esgrima de Jujuy (nadie imaginaba que para hacer historia). Porque la obra de "la Pocha" (la madre que le dio la vida y la luz de su fortuna futbolera), y tu padre, quien le dio el ADN de futbolista, que trajo desde su Tucumán natal, tenía que ser una película con un final feliz, para sus obras futbolísticas.
Por eso compartió los sabores más amargos y los gustos más dulces en su regreso a Gimnasia. Puso la zurda y el hombro a los intentos del Lobo, que iba y chocaba contra la adversidad de sus ansias. De ahí que los hinchas se lamentaron cuando, antes de la final con Talleres de Perico en el año 86, se quedó al margen por una lesión, de allí que lo reemplazó Gómez de Armas. Tiempos de “mishiaduras”, en el que al final, ganaron por penales la definición ante el poderoso Talleres de Perico, en cancha de Zapla.
Un día se perdió, allá por el historial, para regresar a Jujuy al club de sus amores, en esas luchas en medio de decepciones, hasta tener la divina revancha de llegar a lo más alto con su querido Gimnasia.
Algún ocurrente periodista, lo imaginó como en el filme “Robocop”, el justiciero de las calles, de allí que en su alegoría, lo llamaba "Lobocop", el vengador de las canchas. Sus grandes epopeyas tuvieron la compañía de sus socios y compadres del fútbol, como el “Chato” Rosas y el “Negro” Manuel Guerrero. ¡La escopeta de doble caño!, cuando "gatillaba" Rosas y Guerrero o Lobo eran los proyectiles, que herían de muerte a las defensas rivales.
Claro que supieron de tristezas, como cuando perdieron ante Chicago en Mataderos 3 a 2 (ganando 2 a 0). Para morderse los labios, cuando al año siguiente, Gimnasia y Tiro de Salta, los dejaría también afuera.
Pero la vida le dio revancha, en esa final ante Chacarita (Lobo marcó un gol de tiro libre), en el ascenso a la primera "B" Nacional. También se remontó como un barrilete, hacia la atmósfera del fútbol, en esa tarde imborrable ante Central Córdoba de Rosario. Él se fue a lo mas alto del balompié argentino, junto al pueblo jujeño que supo acompañar.
En Primera División, nadie olvidará el gol ante River el Monumental, haciendo sollozar al relator jujeño, que lo vio rematar. O aquel gol ante San Lorenzo, dejando al Cuervo sin campeonato, con el relato de Marcelo Araujo por la televisión, dejándolo pasmado. Ni hablar cuándo discutió con Mauro Viale y le tiró los auriculares, porque lo quiso relajar.
Una vida tan loca como la de Mario, cuesta sintetizar. Por sus vueltas por México, Japón, Bolivia, y hasta el lejano continente de Asia. Pero su rumbo era siempre Jujuy, para dejar tu marca de ídolo indiscutible. Porque muchos podrán ponerse la camiseta número 11, pero sólo el "Pulga" Alderete, "Chiquitín" Bulacio y el gran Mario, fueron los que la vistieron mejor.
Ya es parte de las leyendas, sobre todo la del Lobo Jujeño de todas las épocas. Nadie que lo haya visto, olvidará sus goles atropelladores, de zurda o de cabeza, sus explosivos y furiosos arranques por la punta izquierda, y por sobre todo, sus maravillosas “chilenas”.
En las canchas del barrio 1ro de Marzo, en San Pedrito, en el Colegio El Salvador, en cancha de "Caminos" en la de "bomberos" (con aquel estimado Policial), en La Tablada, en el estadio 23 de Agosto y todas canchas de Jujuy, siempre habrá una huella, que marcará la ruta por la punta izquierda o el trayecto en diagonal.
Será perpetuo cuando se rememoren sus aventuras, poniendo la sangre y el cuero, para "comerse" crudos a los defensores, y sobre todo la de dejar bien sentado su orgullo, el de la leyenda de Gimnasia, que aún continúa. Mario Humberto Lobo, con tan solo su apellido, la historia parece volver a empezar.