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La magia de la radio…

Todavía la tengo ahí, guardada en la pieza que ya nadie visita, pero está igual, esa radio a válvulas Philips que le debe haber costado a mi abuelo unos buenos pesos.

Por allí pasaron los tangos más añosos, los radioteatros más conmovedores, y sobre todo los partidos más emocionantes que llegaban del éter de Buenos Aires. Ahí lo veo a mi abuelo y a mi viejo pegaditos al receptor, vibrando con cada ataque de su club favorito, un puñetazo en la mesa por el gol perdido o el abrazo más conmovedor por el gol de su equipo, mientras yo me tiraba encima de los dos asociándome al festejo.

Hoy se me ocurrió visitarla de nuevo a pesar de la tecnología que abunda, mientras los chicos juegan a la “play” y las nenas son las internautas de la casa. Saco el paño que cubre su caja de resonancia  ya  silente, mientras me parece tocar las manos de mi abuelo y las de mi viejo que aún está en el patio como un sobreviviente de los recuerdos, sentado en el sillón.
Es que hoy escuché la famosa historia de la terraza  del Coliseo, de la ciudad de Buenos aires, allá por 1920, cuando se realizaba la primera transmisión de un programa, que en realidad fue una ópera, con aquellos personajes a los que llamaron “los locos de la azotea”. De modo que en 1970 aquellos protagonistas, el doctor Telémaco Susini, cuyos asistentes fueron César Guerrino, Luis Romero Carranza  y miguel Mujica, pasaron a la celebridad por haberse instituido el Día de la Radiodifusión por esa ocurrencia que aún conserva su magia.

A partir de allí las familias se revolucionaron con las radionovelas de la tarde imaginando al galán de la voz seductora y la muchacha taciturna y mis hermanas que dejaban caer una lágrima como si escucharan una historia muy real.

Mi vieja mientras cocinaba se enteraba de los despachos informativos para saber qué ocurría en el país. Es que nosotros pertenecimos a una época en la que si afirmábamos algo, siempre respondíamos con la frase: ¡Ah! lo dijo la radio…

Pero los domingos a partir del mediodía, la radio era absolutamente nuestra (o sea de los varones) ya que escuchábamos los partidos de Buenos Aires, o los de los equipos jujeños que participaban en los nacionales; a su lado  estrujábamos el mantel de la mesa luego de los tallarines, si el partido venía difícil y gritábamos de manera iracunda un gol del equipo jujeño que se compartía a través de las tapias y los patios vecinos.

Después llegaron los tiempos de las radios portátiles que nos permitieron llevar al estadio La Tablada de la Avenida Córdoba; mi viejo con su almohadón,  con el receptor en mano y yo colgado de sus hombros con una bolsita de mandarina. Eso nos permitía mirar el partido y no errarle el apellido de los jugadores gracias a la narración del relator de turno.

Pero a medida que se fueron perdiendo la caballerosidad y los modales, a alguno se le ocurrió arrojarle una radio portátil a algún linesman o al árbitro por la cabeza, en desacuerdo de algún fallo no compartido por los muchachos del tablón. Por eso hacer pasar dentro del estadio una radio se hacía más difícil que hacer pasar el vino tinto entre la barra de hinchas.

Hasta que se nos ocurrió ubicarnos debajo de la vieja cabina que hizo colocar el empresario radial “bebo” Pérez Paz al lado de la tribuna Santibañez. Allí nos poníamos contra el alambrado y lo escuchábamos a Osvaldo Nari, “rulo” Romero o  a Martín Ríos. Si no, teníamos la opción de escuchar por Radio Nacional al “zurdo” Tapia, con el escribano Pizarro.

Pero como la radio no hubo maravilla igual. Para mi vieja y mis hermanas, los  radioteatros eran verdaderamente el teatro de la mente. Para la hora de las noticias, no había más verdad irrefutable y hasta parecía que Gardel cantaba en nuestros propios oídos y que D´Arienzo sonaba mucho más extraordinario de lo que se escuchaba.

Mi abuelo solía contarme por su afición al boxeo que escuchó una retransmisión de la pelea entre Miguel Angel Firpo vs Jack Dempsey y allá por 1924 un partido entre Argentina y Uruguay, ya se venía la “voz mayor del futbol”, el maestro Fioravanti.

Hasta Eva Perón se hizo popular como actriz de radioteatro, contaban mis abuelos, gracia a las propuestas que andaban por la estratósfera  y su sintonía, como viejo y su “oral deportiva” y en Jujuy, “Radiodeportes” o “La tribuna del deporte” por Radio Nacional. Me acuerdo que mi viejo se colgaba escuchando antes de ir a la cancha con el programa  futbolero del domingo que se llamaba “Rumbo al estadio”.

Pensar que un 27 de Agosto, aquellos denominados “locos de la azotea” le dieron rienda suelta a la magia que ingresa por los oídos y se hace fantasía en nuestra razón.

Hoy celebramos el día de la radiodifusión, aunque siento todavía el trío entre mi abuelo, mi viejo y yo de pantalones cortos, gritando el gol de nuestro cuadro.  Me parece escuchar a mis hermanas lavar los platos sin perderse alguna letra del libreto radioteatral; a la vieja llorando las últimas palabras de Evita antes de morir  mientras yo desempolvo la vieja radio que jubilada y hermosa, nos hizo tan felices.

El Poeta del Fútbol

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