Gimnasia-Chicago: el segundo intento por ascender
Desde que se produjo un gran repunte futbolístico e institucional, con el Ingeniero Raúl Ulloa como presidente y Marcial Acosta como director técnico ya en la etapa del Zonal Noroeste, Nueva Chicago se iba a cruzar en el camino de Gimnasia y Esgrima.
Las llaves de aquellas instancias eran a dos partidos al todo o nada, y Gimnasia venía de ganarle por penales a Sarmiento de Catamarca. Este segundo intento por ascender, se hacía más intrincado que escalar el “Cerro Chañi” sin embargo el desafío planteado debía asumirse, aunque quedaran los resabios del 90, cuando Mitre de Santiago del Estero lo eliminó en Jujuy, también por la vía de los disparos desde el punto del penal.
A nueva Chicago no le veíamos la cara desde el Nacional 1982, que por cierto, fue el último Nacional que el “Lobo Jujeño” jugó, para luego caer en el ostracismo deportivo y la crisis económica.
Así, con un buen equipo, “Gasolero” por cierto, Gimnasia y Esgrima llegaría a una tarde con una llovizna incesante que anegó prácticamente el campo de juego, haciendo que aquel cuadro de buen pié, no pudiera con el equipo del mezquino Chicago conducido por Hugo Zerr. Fue un domingo 5 de Mayo de 1991, en donde finalmente empataron en el estadio 23 de Agosto, uno a uno, con goles de Carlos Ramón Rosas para Gimnasia y Jorge Mora para “El torito de Mataderos”.
En la semana no se era muy optimista que digamos, ya que Chicago se mostró en Jujuy, como un equipo férreo y combativo, que a no dudarlo, iba a ser durísimo en Matadores.
Gimnasia tenía una de las mejores formaciones de aquellos tiempos, con jugadores como Manduca en la valla, Riquelme, Sandro López, Riggio, Palma, Fabián González, Marcelo Herrera, Salvagna, Rosas, Guerrero, Mario Lobo.
Pero el escepticismo ya existía, no solo por el rival en sí, sino por el entorno denso de la brava hinchada de Chicago, que en su reducto era para cualquier rival, como un verdadero “Matadero”. En el avión que trasladaba a los que fuimos, ya se hablaba de todo lo había que saberse del rival.
Hasta que llegó el día de la definición, en el camino no fueron muy amables que digamos, al llegar al barrio. Un grupo de hinchas jujeños habían hecho un viaje en colectivo detrás de una ilusión. Estos fueron puestos en un rincón de la platea, custodiados por una barrera de policía, en tanto los agentes del orden le sugerían tener precaución en cuanto a cantos e insultos.
Era el 12 de Mayo de 1991 y pese a todas las conjeturas, Gimnasia salió a hacer su juego, pese a la presión agresiva del su rival y del estadio. Fue así que el “Lobo jujeño” en el primer tiempo logró abrir el marcador con un gol de Manuel Guerrero, ante la rabia de los simpatizantes locales. Chicago estaba molesto y quería a como diera lugar, sobreponerse de “La mojada de oreja”. Con decirles que a Mario Humberto Lobo, le pegaron toda la tarde de manera despiadada, ante la vista gorda del árbitro de apellido Sinnot, que parecía tener un corpiño en los ojos.
Mientras los plateistas del club dueño de casa, hostigaban a los jujeños con insultos y amenazas. Parecía que todo se calmaba con el empate del ”Loco” González, a la postre figura de Chicago. Hasta que otra envestida del ataque jujeño derivó en el gol de Marcelo Herrera, para establecer el 2 a 1.
En ese momento, el estadio se incendió metafóricamente, tanto que teníamos que relatar discretamente el nuevo gol. Para el colmo había llevado como invitado a mi compadre, que trabajaba como taxista en Buenos Aires, quién se le ocurrió gritar desaforadamente la segunda conquista, al grito de ¡GOOOL, CARAJO! (encima él siempre fue hincha de Zapla, pero hacia fuerzas por el equipo jujeño)
¡Para qué! Le tiraron café, lo escupieron y lo quisieron agredir. Pero la intervención de un policía federal, evitó que pasara a mayores. Sin embargo, el agente lo acompañó desde lo alto de la platea, para bajar hacia donde estaban los parciales de Gimnasia, en el rincón pegado al alambrado, mientras mi compadre tuvo que pasar por “La calle de la amargura”, bancándose los manotazos, patadas y escupitajos.
El policía, finalmente consiguió llevarlo a un lugar seguro, diciéndole: ¿está loco pibe? Cómo se le ocurre gritar el gol de esa manera, aquí la gente es “Jodida” no van a salir vivos.
Pasado el incidente, se terminaron los ríspidos 45 minutos, con la preocupación pero también la excitación de todo el estadio.
En la complementaria, hasta el día de hoy no entendí si Gimnasia quiso jugar con el apuro del local, o si Chicago se lo llevó puesto a Gimnasia. La verdad, es que me inclino por lo segundo, ya que los de “Mataderos” fueron una tromba y fueron metiendo en su campo y en su arco al “Lobo”. Con ese vendaval de fuerza, pierna fuerte y potencia ofensiva, el héroe Gustavo González anotaría el empate muy festejado, pero no tanto como el tercero, que puso el apoteótico 3 a 2 para el implacable Nueva Chicago.
Fin de la historia, Gimnasia no pudo siquiera mantener el empate, que le hubiera dado la chance de los penales.
Para amargar más el trago para los jujeños, el plantel tuvo que permanecer un prolongado tiempo para salir del vestuario, mientras los festejos se prolongaban en el estadio y en las afueras. La excepción no fueron los hinchas de Gimnasia, cuyo colectivo tuvo que ingresar por un portón al centro de la cancha, aguardando el momento de emprender el regreso. Es que pese al triunfo, los barras bravas de Chicago se mostraban aún hostiles.
Así, el segundo intento de escalar por segunda vez y poder llegar al Nacional B, más adelante dirá la historia, que en la cuarta oportunidad, por fin lograría su cometido. Pero en aquellas dos definiciones, “El torito” fue “Torazo” en su rodeo.
EL POETA DEL FUTBOL

