Feliz Nochebuena, feliz Navidad…
Mi nombre y mi apellido no importan… pero te digo que jugué al futbol, en el respetado Villa Sarmiento, que se comía a los demás barrios como si fueran frutas de la estación.
Pero te diré que mi cancha estaba en lo que hoy es el Mercado de abasto, sin saber que se llevaría el progreso, un pedazo de historia de uno de los arrabales más queridos.
Todavía se recuerdan viejas batallas ante Hipólito Irigoyen, Azopardo, Villa Las Rosas, San Isidro... Todos sentimos el desarraigo como si nos hubieran quitado un retazo de nuestras vidas. De pronto “La Fortaleza” de villa Sarmiento, no estaba más. Así como desaparecieron tantas canchas que quedaron en la retentiva de los futboleros.
Generalmente ganaban los que eran más habilidosos y los de más carácter. Pero nos borraron a nosotros, luego de que se consumaran muchos hechos futbolísticos y de que tantos jugadores pasaran dejando su impronta aunque sea barrial.
No sé, yo siempre me preparaba como si fuera la última final. Yo estaba de novio con la Mirian, la chica más bonita del barrio. Pero sus viejos no me querían, por ser futbolista y encima vecino de barrio (es que sus padres aspiraban a algo mejor para su hija) Es verdad, yo era vago y atorrante cuando desde chico me empecé a juntar con los “changos de la barra”. Por eso empecé a conocer el trago y el humo del cigarrillo.
Ni siquiera me daba cuenta de que mis padres empezaban a envejecer. “El Tano” y “La gallega”… ¡Ja, que yunta! Por eso los dos me tenían “cortito”, pero sin embargo, los dos me apretaban de un brazo y me daban un consejo que todavía tengo en los oídos. Algunas veces de noche pienso ¡Cómo no les di importancia. Al final ni estudié, ni tuve un trabajo. Yo quería ser futbolista ¿vió ? Solo por eso logré la atención de la chica más linda.
Cuando me casé con la Mirian, mis papás estaban “resplandecientes” por eso nunca entendí, orqué se me fueron tan rápido. Primero mi viejo, en un invierno muy crudo. Después mi mamá; yo creo que mi vieja se fue de pena) Pero el día que me casé con Mirian, fue el mejor día de mi vida; para colmo yo ya estaba en el Club Altos Hornos Zapla, cuyo delegado me había visto jugar en los campeonatos barriales
Mientras tanto el barrio, el futbol, y la vida continuaban; encima yo ya siendo un profesional, con un aquel soberbio plantel que había armado “el piojo” Yudica ¡imaginate! Pero yo estaba en otra, aunque las palabras y los dichos de Yudica te llegaban hasta los huesos. A mí me gustaba el futbol, aunque seguía queriéndolo, la partida de mis viejos me habían quitado algo que no sabía definir.
Habré jugado tres o cuatro partidos con singular éxito, marcando goles en las tres veces que fui al bando y el técnico me hizo ingresar en el segundo tiempo. Al volver al barrio, mis amigos me visitaban, mientras Mirian – mi esposa – me decía: “El día que las cosas anden mal, ni los perros de la calle te van a venir a palmear el hombro”.
Todas mis discusiones terminaban igual, con mi señora reprochándome las malas compañías y yo “anestesiándome” el alma con un trago consolador de mis noches. Hasta que la vida me fue “cacheteando” de a poco. Las cosas no comenzaron a andar bien ni en mi casa ni en la cancha. Mis gambetas se hicieron más predecibles, mis gestos técnicos mas pronosticables, y ese jugador de Villa Sarmiento, que se había convertido en jugador profesional, se fue “desinflando” como una vieja pelota de futbol.
Mirian me dejó y entonces a las cosas ya no le hallaba sentido en cada entrenamiento, más aún, cuando ya no era citado ni para integrar el banco de suplentes y luego, ni los partidos de práctica. Solo y sin rumbo, me encontré con la realidad de mi vida. Encima se me pasaron los años; aunque era joven para la vida, me había vuelto viejo para el fútbol.
No importa mi nombre ni mi apellido… Hoy me pueden encontrar sentado o a veces acostado detrás del mercado de abasto, compartiendo con algunos de esos viejos amigos un trago o un poco de comida que alguna mano de un vecino (que todavía me recuerda de las buenas épocas) nos extiende generosamente.
Mi vida transcurre entre ir a visitar al cementerio a mis viejos, ya que me queda a un paso del mercado, o buscando una “changuita” en ese mismo lugar en donde se jugaban los partidos más bravos que se hayan visto; esa misma canchita que el progreso se llevó.
En las Nochesbuena y en los festejos de fin de año, nosotros también levantamos nuestros tragos, mientras escuchamos de fondo a la gente en sus casas brindando, y a los chicos jugando con sus cohetes, mientras abrazo a mi perro viejito “Duque”, que fue lo único que me quedó de mis épocas de gloria.
Solo permítanos esta noche hermanarnos, para también decirles: ¡Feliz Nochebuena, Feliz Navidad!
Todos tenemos nuestras historias; yo fui feliz con la mía. A pesar de todo, sé que Jesús todavía me acompaña en cada noche con su paz y su amor, hasta que me llame, ¡para darme su abrazo de gol!
El Poeta del Futbol

