Cuyaya y un nuevo aniversario 80 años de pasión
80 años han pasado ¿puede ser? de este sentimiento arrabalero, cuándo bailar un tango en algún carnaval o " arrastrarle el ala" a una chica del barrio, era tan peligroso como cruzar el Río Xibi-Xibi en pleno desborde, luego de un diluvio.
Caminar por la Avenida Hipólito Irigoyen, de la mano de algún amor era un acto sentimental, difícil de olvidar. Tiempos del viejo, nuevo, bajo y alto Cuyaya que fue creciendo con el empuje del vecindario.
Precisamente, en el viejo Cuyaya se levantaría en el inicio de la calle José de la Iglesia 2077, uno de los clubes más idílicos de nuestro deporte. Naturalmente que el fútbol, marcó los rumbos de las gestas y los sucesos más selectos, de toda una vida de esfuerzos y pasiones. Así nacería el mítico Club Atlético Cuyaya, cuyo dialecto indígena - dicen - significa " lugar de la piedra sagrada". Así los primeros lugareños se llamaron "los bandeños", por haberse situado en los primeros caseríos, en una franja del cerro frente a la ciudad, al otro lado del río.
Hasta que la barriada fue creciendo, y avanzando en sus puntos cardinales. Los años lo llevarían a su plaza principal (escenario de reuniones y festividades), la iglesia con su imponente torre , con la imagen de la virgen mirando cada salida del sol.
Así un 15 de Junio de 1935, las familias Gerez, Alba, Surlín, Cáceres, entre otros tantos apellidos para la posteridad, fundaron el club que impulsó el frenesí de un humilde barrio llamado a las jornadas épicas que le tocaría vivir.
Llevaría un tiempo empezar a escribir las páginas más gloriosas de su historia. Pero el camino - como se dice - se hizo al andar...
Los años 50, fueron dorados para quienes disfrutaron del fútbol del " tucumano" Robledo, de la exquisitez del " tunca" Carlés, y su delantera con Alderete, el enorme "negro" Arquiza y sus estruendosos goles de cabeza, y los desbordes de un "spreenter" de ojos azules, llamado Cesar Saluzo. Los clásicos con Gorriti fue el más original duelo, entre dos barriadas, con un fútbol verdaderamente de alcurnia. Aquellos encuentros se jugaban a cancha llena y el espectáculo siempre estaba garantizado. Como dice el tango: " Abriles que no volverán”
Los años 60 fueron de algunos logros y muchas luchas, pero "cuyayita", llamado así con el cariño debido, libraba las contiendas defendiendo esa camiseta única de nuestro balompié, la de la banda negra horizontal, abrazando el alma blanca de sus héroes.
Los momentos vividos por las calles de perfumados árboles y lomadas con jardines pintorescos, fueron testigos de tardes inolvidables y desenfreno "bandeño". Años en dónde empezaría Cuyaya a sentirse casi una República, cuando aparecería el famosos slogan de " bien jujeño, pero de Cuyaya".
Los años 80, a no dudarlo, fueron la época de los "carasucias" de nuestro fútbol, estación de esa década, cuándo su grandiosa hinchada cubría gran parte de la tribuna Santibañez, y al frente, en una de las tribunas laterales, junto a la platea, se ubicaba la familia y la "torcida" de mujeres , fanáticas del club.
Es que había que seguir a aquellos "caraduras" del toque y la gambeta , con un arquerazo como Eduardo Carrillo, Almaraz, "moto" Martinez, De León, el "pulga" Ayala, Monteserín, "lucho" Valencia, " la gata" Castro, Sarmiento, "maní"Vacaflor, "el negro" Zabala. Equipo que condujeron Guillermo Surlín o Hugo Cid Conde.
Cuándo salía el equipo a la cancha, Cuyaya era un carnaval, con las nubes de papeles blancos y serpentinas, proveídos por la imprenta de los hermanos Jaramillo. Las bombas del" loco" Baena que estremecían La Tablada, era solo el prefacio, para el grito inmortal de ¡Cuyaya, Cuyaya, Cuyaya!, como un grito de guerra, mientras los cantos más recordados, proclamaban el "chupe, chupe, chupe, no deje de chupar, Cuyaya es lo más grande del fútbol nacional”. Por supuesto que aquel show de toques cortos y paredes enormes, ameritaban el clamor de otro cántico inolvidable, ese que decía: " Cuyayita juega, cuyayita gana, cuyayita, hace lo que se le da la gana...”.
A ese equipo lo sufrió Gimnasia, Talleres y Zapla, pero también en los torneos "confraternidad" con Salta, lo padecieron Central Norte y Juventud Antoniana, a tal punto que muchas veces - nobleza obliga - salieron ungidos de aplausos, por parte de los parciales salteños.
Por estos días Cuyaya, continúa en el esfuerzo diario de sostener el paradigma, de una historia que obliga y pesa. Claro que, en rigor, de su pasado deportivo e institucional, es justo decir que no solo de fútbol vigorizó su sangre "bandeña", porque el básquetbol, las noches inenarrables de boxeo, el voley, el handball, el paddle, fueron y son parte del abanico de deportes, practicados en su recinto de la calle José de la Iglesia.
La república de Cuyaya después de 76 años sigue de pié, con una gloriosa hinchada que le pone una mascarada, a cada tarde de domingo, sobre todo cuando enfrente están los "los contras" del barrio Mariano Moreno. El folclore de esta rivalidad, se mantiene perenne, porque Cuyaya, necesita seguir respirando los aires de una larga vida, que le permite gozar de su música y sus colores.
Por eso la Avenida Olavarría amanecerá diferente, como cualquiera de sus calles en dónde la bohemia aún sobreviva. Será como aquellos bailes de carnaval en el club del barrio, en un sentido festejo por las calles Gordaliza, Velez Sarfield, Comandante de la Corte, Santa Fé... mientras el sentimiento "bandeño", camine por Hipólito Irigoyen junto al río chico, hasta fundirse en un abrazo enorme, en la concepción de la José de la Iglesia, en dónde se levanta como un bastión, sencillamente la sede de las pasiones. 80 años después, "cuyayita" vive, juega y sueña, como en aquellos años felices.

