Cuando el corazón latía / el Dr. Favaloro nacía
El 12 de Julio de 1923, nació como los grandes, casi como Jesús, en el barrio "El mondongo", con un padre que era justamente carpintero ebanista y su madre, una humilde modista.
Un inicio de historia sentimental, para quién sería un mártir de la misma historia Argentina. Pero alguien que escudriñó y supo los vericuetos del órgano vital, que marca los pasos de la vida, al que se atribuye cuestiones del amor, tenía que saber también de pasiones, como las que dedicó a la medicina, e infaltablemente al fútbol, ese metejón que llevamos todos los argentinos.
En sus dominios de niño, no quedaba otra que ser de Estudiantes o de Gimnasia y Esgrima La Plata, ¡pincharrata o tripero!...Por eso su vida pasó de la escuela 45, el colegio Nacional, la facultad de medicina y su primer policlínico. Así, hasta convertirse en héroe, en ídolo con menos prensa que el deporte y los personajes artísticos.
Fue exactamente en 1933 cuando, llevado por su tío, fue a ver por primera vez a su querido Gimnasia, tal vez llevado por ese lema tan ligado a su profesión, "Mens sana, en corpore sano", con la que se distinguió siempre el equipo del bosque platense.
Claro que supo tocar, acariciar, patear, cabecear, esa redonda que tanto subyugaba. Lo hizo de "back central" (defensor en el fondo), por lo que no tocaba de oído, sino que supo de pasiones, alegrías y amarguras. Pero en realidad, los sentimientos los exteriorizó sentado en una tribuna, allí supo definir una emoción que así describía..." La tensión sube pulsaciones, pero si uno sabe adaptarse a la situación, el corazón no se queja. La mejor manera de aflojar las tensiones, es vomitarlas en un grito".
El Dr Favaloro, tenía en claro lo que era el fútbol y su frenesí, fue feliz y sufrió tristeza, no tanto como cuando, años después de tanto éxito, este maravilloso y maldito país le dio la espalda, quitándose la vida de un impacto. Dejando esa misiva hacia la posteridad, diciendo "estoy cansado de luchar y luchar contra el viento, como decía Don Atahualpa Yupanqui".
Pero, hoy hubiésemos estado festejando la natividad de una eminencia, sin embargo, aquel nacimiento, indudablemente nos trae un sinsabor póstumo. Por ese final absurdo, incomprensible, pero irrefutable.
René Favaloro, agobiado por las deudas de tanto salvar vidas, cumpliendo con los preceptos de Dios, que prometió darnos vida en abundancia, un día encontró el suicidio como la única salida a un callejón del asedio.
Se desgarró el corazón de un disparo, justo ese órgano al que tanto cuidó y dedicó su vida. Pero dejó un testamento ineludible, hasta para cualquier orden de la vida... " La historia clínica está por encima de cualquier avance tecnológico; los pacientes son todos iguales, el trabajo es un equipo, respeto al médico de cabecera, cobrar honorarios modestos, docencia e investigación, prevenir y estimular la vida sana, no perder el humanismo, abogar por la paz, y predicando que el optimismo tiene efectos biológicos".
Pero mejor, es imaginándolo envuelto en su poncho o agitando su bandera "tripera" en las tribunas de su centenario estadio. Porque esa también era su vida, la que habla de un tipo simple, que descubrió los secretos del corazón, ese corazón que tuvo que dejar se seguir latiendo.
Por eso nos dejó diciendo, en ese bagaje de sabiduría, " Todos nos vamos a morir, no le tengo miedo, me codeo con la muerte todos los días. Solo creo que que cada día hay que tratar de hacer lo mejor para todos”.
Todos nacimos para morir, por eso el Dr Favaloro, que salvó tantas vidas, se quitó la suya. Sino hoy estaríamos festejando un nuevo cumpleaños, sin embargo lo recordamos con la pena de su partida, con la conciencia de su vocación y con el vacío de un lugar, en la tribuna de su querido lobo platense...