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Con el alma de Don Gurrieri

A un año de la desaparición física del señor Esteban Gurrieri, “ Alma mater” de Altos Hornos Zapla, en el segmento “Futbol en verso “ recordamos la remembranza para quién supo ser un prócer más del equipo “Merengue”. Don Esteban Gurrieri falleció un 21 de Agosto del 2016, pero dejando un recuerdo grato en el grandioso Altos Hornos Zapla, que él tanto amó.

Se levantó presto a las seis y media de la madrugada de un 27 de Abril diferente. Con el corazón al trote se dirigió al club para recorrer sus instalaciones, mientras el sol dominguero dibujaba siluetas en la ciudad siderúrgica. Hoy es un día peronista, seguramente hubiera dicho el general… El sabía que no era un domingo cualquiera, aún por esta rutina diaria de pasearse entre la cancha y las oficinas. Hoy el tiempo con sus fanfarrias, anunciaban el viejo duelo entre el legendario “Merengue” y el “Lobo Jujeño”. Por eso, esa primera jugada que le hacía a la emoción y la angustia, cual estratagema, metiéndose en el alma de un viejo clásico, a pesar de los años transcurridos.

Allí estaba Don Esteban Gurrieri, casi listo para una nueva hazaña o tal vez para un nuevo olvido. En esa utilería color ocre perdura la gloria de un gran equipo, que nunca se va de la memoria, pues hay un partido que vuelve para hacer feliz a su gente. Cargo los bolsos en el viejo y ruidoso colectivo, estaba nervioso por esa marcha que va por dentro y que se va cuando comienza la lucha deportiva. El viaje y los pocos kilómetros que separan las ciudades, se hicieron una eternidad. Pero nada quedo librado al azar pensó Don Estaban- como temiendo que el rumor del viento le trajera algún reproche del “piojo” Yudica o el gesto adusto de Juan Carlos Murua. 

Estaba todo bajo control, si hasta esas caras nuevas lucían una envidiable concentración, como Di placido y “Pancho” Ferraro comparaba- como ellos, nada más y nada menos. Mientras el “Negro” Cerdán, el último caudillo daba el equipo, las camisetas destacaban su magnífico resplandor. Es que la mística se instalaba hecha ritual, invitada tal vez por el grito de “Soy Merengue” que llegaba desde la tribuna sur. Así los equipos a la cancha buscando el puntapié inicial, Don Gurrieri sabía que tenía que entrar en el “entrevero”. Ahora, más sereno, él también estaba adentro en ese partido interior de quien siente como quien juega activamente. 

Entonces creyó ver en las primeras correrías a Luñiz, Confesor y el “Toro” Raffo. A esa altura extrañó esas bromas que seguramente hubieran amenizado ese comienzo impreciso y sin las luces de un buen encuentro. Los clásicos del 70 eran tan parejos como duros de ganar. Se ganaba o se perdía, pero como diría el tango, la barra salía agradecida de futbol y de épica. Pero aquel Zapla del 74 un día se hizo leyenda en los nacionales. Y así la estirpe de la “La Trituradora” de la década del 60 encontró su continuidad. En esa estación del tiempo evoco- la tarde memorable del 3 a 1 a Gimnasia, con tres goles del Beto Baigorria ¡Con siete hombres! Aunque también volvía a su mente la derrota frente a Talleres en el 68, faltando un minuto y sin derecho a réplica. 

Don Gurrieri se despabilaba con alguna jugada del juvenil Sergio Miranda, atrevido como “Motoneta” Gómez cuando se metía en el partido. Pero el gol no llegaba y en orden de meritos su equipo ya lo merecía. Solo rogaba que no hicieran un faul cerca de su propia área, como temiendo algún tiro libre peligroso. Esos que pateaban en su época Franco, el “chueco” Tozzi y el “chiquitín” Pedernera; a su juicio, pateadores infalibles en pelotas paradas. La preocupación del banco, parecía querer ponerse en ventaja haciéndose lamento. Hasta que el “Conejo” Aldonate quedó cara a cara con el arquero Coronel y este le tapo el remate del mano a mano. ¡Justo él! Hijo de un arquero inolvidable para los hinchas Merengues. Pero la jugada no terminó allí. Después de un despeje la pelota le cayó al pibe Calisaya que entrando a la carrera, puso en boca de todos, el ansiado grito de gol. Don esteban solo atino al puño apretado, sin gesto ampuloso por el respeto debido al contrincante. Otra vez los recuerdos volvieron a su mente, exultantes como los goles del “Toro” Raffo.

También pensó en esos partidos adversos, chivos, como se dice ahora, que se encargaban de darlo vuelta jugadores con “fibra” como Sánchez, Diplacido, Ferraro o el “Chaqueño” Romero. Pero Don Gurrieri y su alma melancólica, jamás olvidara su recuerdo íntimo más grato en esta loca carrera del fútbol. En vísperas de un gran clásico, Castiglia, que había llegado de Gimnasia de la Plata, estaba lesionado. Aunque se especulaba con su participación. Sin embargo el delantero prefirió no jugar aquel partido para darle la oportunidad a un chiquilín de 16 años que venía pidiendo cancha. Y así fue que no solo jugó por primera vez el clásico sino que la “rompió” con sus cortes y quebradas levantando a las tribunas del estadio al tope de gente. Ese chico era nada menos que el hijo del utilero nervioso, que no quiso mirar el partido porque prefirió escucharlo por radio en el vestuario, con el relato de Osvaldo Nari. 

Ese “carasucia” se llamaba Sergio Gurrieri quien más tarde triunfaría en Estudiantes de la Plata. ¡Ah!, por cierto, el clásico lo gano Zapla 1 a 0 con gol de él. La tarde iba llegando a su fin y la contienda prácticamente estaba en las manos de la visita, aunque los recuerdos seguían jugando un partido aparte. Hasta que el árbitro pitó el final desatando un nuevo festejo “Merengue”. En ese momento se acordó de aquella entrañable gente de B° Florida, los de Forestal y la Mina 9 de Octubre. Hombre fieles y entre ellos las mujeres, Doña María Yacante, Natividad Castañeda, la “Negra” Alliers y la inconfundible presencia de Don “Pancho” Valdiviezo que se venía de Salta sólo para ver el fútbol del “Derby” jujeño.

¡Qué tiempos aquellos! Mientras esos muchachos de rostros surcados por el sudor seguían prolongando la algarabía, al viejo Gurrieri se le nubló la mirada alegre por una lágrima contenida. Solo allí se detuvo el tiempo para echarle una mirada al cielo y guiñarle un ojo al amigo Collman, que un día viniendo en su auto al entrenamiento dejó su vida camino a Palpalá. En “las Martas” a la vera de la ruta hay una cruz que el mismo Gurrieri colocó para marcar el lugar de la partida de un hijo. Porque eso fue y es el viejo Esteban Gurrieri. Un padre como cuando Vabastro gracias a su generosidad, le pudo festejar a su hija el año de vida. Si ni siquiera tenía para el regalo… Sí, un verdadero padre y un gran amigo que no escatimo tiempo y consejo a tantos jugadores que buscaron en él la confianza y el afecto permanente. 

Ya en el vestuario calmo por el objetivo cumplido, palmeó a sus chicos y al Negro Cerdán. Dispuso la vuelta a su ciudad, la del gran horno que los distingue. Con la utilería en orden, volvió a su casa sintiendo el cansancio de un partido que había quedado atrás. Abrió la puerta y en el primer tramo de su hogar escucho el vaticinio de su esposa que le decía, “Te veo contento viejo, seguro que ganaron el partido”. Doña Lala baquiana de los estados de ánimo de su marido, acertaba una vez más. Cuando se disponía a saborear la infaltable taza de leche de todas las noches, sonó el teléfono. Del otro lado de la línea sus nietos preguntaban por el resultado del partido. ¡Qué bien abuelo, ganamos! Exploto el teléfono al recibir la placentera noticia que la daba Don Gurrieri. Allí volverían a estar los muchachos de “La Trituradora”, el Zapla del 74, los goles de Baigorria, Luñiz, el “Toro” Raffo, la zurda del “Lalo” Bacas, la gambeta de Enrique Borneman. Las señoras del alambre y B° Florida. Pero siempre en el inmaculado recuerdo, la figura canosa del viejo utilero asomándose por el túnel. Ese jugador que no juega pero que es un jugador más. Ese que patea con el corazón y mete un gol cuando el tiempo pasa. Ese que juega con el alma, ¡Con el alma de Don Gurrieri y con el alma de Zapla!

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