A mis abuelos, con cariño…
Cada día 21 de Junio, miro entre mis páginas el día en que te escribí a vos abuelo “Cleto”, como también a la abuela Pascuala. En el día de ancianidad, siento cada vez que repaso entre las glosas, que me diste mucho junto a mi viejo, pero que plasmé muy poco, para expresar lo mucho que fui feliz por tu recuerdo aún vívido.
Me contaba mi madre que cuando nací, mi abuela fue una de las primeras en alzarme y en arroparme, ya que mi vieja no tenía la experiencia de ser mamá, ya que fui el primer hijo que llegaba a la nueva familia.
Es que siempre las abuelas son casi imprescindibles para apoyar a sus hijas, en el mundo infantil que se avecina.
Ahora bien, sirva esto como génesis del amor y la rectitud con la que comenzaba mi vida. Imagínese usted, un padre siempre cansado luego de yugar horas arriba de un taxi, una madre que arrimaba algunos pesos a la casa, cuidando justamente a una anciana.
Afortunadamente, estaban mis abuelos, Don Cleto quién se vino a vivir junto a mi abuela Pascuala a la ciudad, después de un largo vivir en el campo, cuidando animales y trabajando la tierra. Es que mi papá intuía que la edad de sus padres avanzaba y que prefería tenerlos cerca, siempre con la condescendencia gustosa de mi madre.
Así llegaron a nuestro hogar, que al fin y al cabo se engrandeció y hasta se enriqueció con su presencia y aporte de una familia en ciernes. Yo ya daba mis primeros pasos, mientras mis padres “Chocheaban” con mis primeras gracias, mis abuelos me atendían como a un príncipe. La abuela sacaba del libro virtual de su memoria, las recetas más deliciosas, para hacerme las comidas y los postres más ricos que haya degustado. En tanto mi abuelo, estaba siempre a mi lado, sentado en un sillón del patio o en la silla en la vereda, cuidando mis juegos.
No hace falta aclarar, que para entonces, yo ya había dado mis primeras patadas con una pelota de plástico. Es más, según mi madre, los primeros puntapiés ya venían desde su panza.
Pero mi abuelo Cleto era especial, que quieren que les diga…fue el defensor de mis travesuras, porque más de una vez, me escondí detrás de sus pantalones cuando mi papá intentaba reprenderme. A veces “Zafaba” cuando mi abuelo, le decía su hijo: Dejalo, que cuando vos eras chico también te mandabas tus “Macanas”. Otra veces no, porque Don Cleto asentía diciéndome, “Tiene razón tu padre, aguantese la penitencia como un hombrecito”
El abuelo era un sabio, ya que de chico me inculcó con ejemplos, lo que era el valor del saludo al vecino, la palabra amena y sincera, como el apretón de manos y la despedida respetuosa luego de la charla urbana.
Ahora bien, había un dilema inentendible para mi corta edad. Sucedía que cuando pasaba al cuarto que ocupaban mis abuelos, notaba en lo alto del ropero, en un rincón bien escondido, una esfera que de color marrón clarito. Un día intenté subirme a una mesa, para alcanzar el objeto, cuando apareció mi abuelo y me gritó alarmado por primera vez, asustándome.
¡Eso no! Me dijo, por lo que inferí que para él, aquel raro elemento era importante. El enojo le duró solo un día hasta que se disculpó sentándome en sus rodillas, explicándome que se trataba de un recuerdo de su infancia y que tal vez, algún día me lo regalaría. Solo eso, ya que no quise preguntarle más, de qué se trataba.
Pero, como no podía ser de otra manera, el futbol, a medida que fui creciendo se transformó, en la pasión que nos unía los sábados en el “Babi” y los domingos en el estadio, yendo a ver a nuestro equipo favorito. En realidad íbamos los tres, porque también se prendía de padre, después de cada asado y luego rumbo al estadio.
Fueron los años más felices de mi vida, hasta que lo peor sucedió. Mi abuela ya venía enferma, producto de la vejez, hasta que se tuvo que marchar al cielo. Mi abuelo Cleto, estuvo un par de semanas aislado y en silencio, apenas si comía, extrañando seguramente a la compañera de toda su vida.
Mi papá me decía, el abuelo está triste, no lo molestes, dejalo tranquilo, que ya se le va a pasar.
Hasta que un sábado, me despertó un golpe de palmas, mientras una voz me decía ¡Vamos arriba, que hoy es la final del torneo de Baby! .Grande fue mi sorpresa cuando vi a mi abuelo, al lado de mi cama, arengándome para concurrir a la gran cita del club del barrio.
Ese día me llevó de la mano, mientras me decía, vamos que hoy hay que ganar y divertirse.
La voz del abuelo, parecía la más grave y animosa del gimnasio techado. Jugamos un gran partido, tanto que empatamos cinco a cinco y hubo que definir por penales. Finalmente, el último disparo quedó a mi cargo y mientras me preparaba, Don Cleto ponía sus manos en su cara, dejando un pequeño espacio entre sus dedos.
Si no marcaba el gol, perdíamos la final. Tomé carrera, le di fuerte al medio, pero el arquero se tiró a un costado, dejando extendido su pierna derecha. Ahí precisamente pegó la pelota, yéndose desviada por arriba del travesaño.
La tristeza pareció durar una eternidad, tanto que ni escuchábamos el festejo del rival. Lloré angustiosamente, hasta que la mano de mi abuelo me tomó del hombro, dándome luego un verdadero abrazo del alma.
No llores me dijo, a veces se gana o se pierde, en realidad todos perdemos algo en la vida. Con el correr de los años, me daría cuenta que aquella última frase tenía la profundidad de un viejo sabio, que se crío en el campo y que por anciano, supo brindarme su sapiencia y experiencia.
Después de ese desdichado momento, mi abuelo me llevó a casa y me dijo: tengo una sorpresa para vos.
Entonces, Don Cleto salió de su pieza, con el extraño útil de forma redonda, que tanto me intrigaba cuando la veía en lo más alto de su ropero.
Tomá, es tuya ahora. Era casi una esfera de cuero, es una pelota ¿no es cierto abuelo?
Entonces me contó que cuando él era niño, en el campo solían jugar con esa vejiga con aire, cuando el tiempo se lo permitía. Él había guardado celosamente por años esa pelota campestre, pero en un acto de solemne desprendimiento, me la entregó como un obsequio que me iba a acompañar para siempre.
Ya que, en sus últimos años de vida, le pregunté si podíamos usarla en el picadito que armamos en la calle, mientras Don Cleto observaba el partidito sentado en el sillón de la vereda.
Hasta que trabando fuerte la pelota en un pie con pie, la vejiga se fue desinflando hasta quedar lánguida en mis manos. Fui corriendo al lado de mi abuelo y le dije lo que había pasado. Nuevamente me contestó con austeridad: No importa hijo, todo en la vida siempre se termina. Prométame que usted jugará al “Fobal” y vivirá la vida como yo, hasta que se canse…
Y claro, el abuelo ya estaba cansado, porque las fuerzas se le habían agotado. Don Cleto se fue dejándome imágenes que fueron para siempre y palabras difíciles de olvidar.
Hoy en mis años “treintañeros”, pisando los cuarenta, tengo en mi vitrina esa vejiga que logré parchar gracias a un hábil talabartero. Entonces me parece ver a mi abuelo corriendo de pibe, tras ese balón primario que quizás la humanidad futbolera creó.
Y cuando necesito un consejo, sino lo tengo a mi padre, solo miro a través del vidrio y me parece sentir la calidez de mi abuelo Cleto, susurrándome al oído diciéndome: viva la vida mi hijo, hasta que se canse.

