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A la abuela peregrina Emma Moronsini

La historia de la “abuela peregrina” recorrió todo el país emocionando a grandes y chicos. Un verdadero ejemplo de fe, de vida y de motivación.

¡Dale que faltan diez minutos! ¡Metele que se nos vienen encima, nos pelotean como locos!

-  ¡No doy más profe! Quiero el cambio…

-  ¡Pero me cacho en diez, me caigo y me levanto! Pedazo de “bolaina”…

Los minutos pasaban, pero como marcados por cada caída de un granito de arena de un antiguo reloj. Ganábamos el partido pero el rival nos rodeaba la manzana en la trama final. Como técnico de mi equipo, sentía una opresión sobre mi yugular y sentía el halito y el calor de nuestros hinchas pidiendo el último esfuerzo.

Pero ¿qué podía hacer yo dentro del corralito y sin poder jugar como lo hacía antes? De pronto el árbitro del partido paró las acciones, ya que se produjo un tumulto en las tribunas entre ambas hinchadas.

Entonces reuní a mis jugadores en el centro de la cancha para ver cómo esto terminaba. Faltaban ya siete minutos más lo que adicionara el árbitro y entonces me di cuenta de que tenía que decirles algo a los míos para “capear” el temporal, para que reaccionaran en esos momentos cruciales.

Pensé en pedirles que ajustaran las marcas por las puntas, que no hicieran ningún “foul” para no darles alguna pelota parada o que estuvieran concentrados, porque el clásico ya casi estaba ganado, por una exigua diferencia, pero casi ganado al fin.

Sin embargo, mientras le miraba la cara exhausta a Martínez mi número ocho, que hacía un rato me decía que no daba más y me pedía el cambio, pensé en dirigirme especialmente a él. Pero una musa que bajó en esa tarde ardorosa me inspiró para no decirle nada exclusivamente, sino más bien, dirigirme a todos.

Lo que pasa es que se me vino a la mente la imagen que vi por televisión, en directo, mientras desayunaba, cuando a las 9:15 de esa mañana, una viejita de 91 años llegaba a la Basílica de Luján, después de haber partido desde la provincia de Tucumán, luego de 1.200 kilómetros recorridos.

¿Para qué?, para pedir por la paz y los jóvenes, a pie, con un carrito en el que llevaba agua, pan y leche en polvo. En ese instante me conmoví hasta las lágrimas, quizás porque me acordé de mi viejita, que se me fue a los 86 años hace muy poco, o porque no entendía que su endeble cuerpo pero férrea voluntad, se contrapusiera a la “pachorra” de los que nos consideramos verdaderamente activos, a los que siempre tenemos una excusa para dejar de hacer lo debemos, con la plenitud de nuestra cronológica edad.

Entonces pensé en esa noble anciana llamada Emma Moronsini, nacida en Italia, que ya había tenido otras experiencias en cuanto a peregrinaciones, tan solo para demostrar que en verdad se predica en la vida con el ejemplo.

Respiré profundo, no sin antes tomarme un sorbo de agua mineral. Estábamos en ronda mientras los incidentes eran casi controlados por los policías, hasta que tomé la palabra.

Muchachos, yo sé que muchos vieron por la televisión la odisea de la abuela de 91 años que caminó 1200 km por una premisa: nosotros, los jóvenes ¿Cuánto corrimos en la pretemporada, en los entrenamientos y en los partidos, cuando recién estamos al final de la primera rueda?

Esa anciana nos pasó por arriba a todos por más que mañana demos una vuelta olímpica. ¿Cuántas veces alguno de ustedes fingió una lesión para zafar de las prácticas más fuertes de comienzo de semana? Esa viejita se cayó en el camino y se lesionó la nariz y la mano, sin embargo se repuso y nunca perdió el objetivo.

¿Acaso eso no es tener aguante, poner lo que hay que poner como dicen los jugadores?

Entonces ¿dónde están el “fuego sagrado” la mística y la fe que supo tener esa señora. Ojalá terminara este partido y vuelva a casa y encontrarme con mi mamá sentada en el patio. Pero ustedes tienen la fuerza y la actitud suficiente para hacer el último esfuerzo y ganar este partido. Al menos ustedes regresarán a sus casas a darse un abrazo con sus padres o esposas, pero piensen en esa abuela de 91 años ¡caramba!

¡Vamos, que si la viejita se mandó 1.200 km, ustedes tienen que honrar la vida o morir en el intento! ¡Vamos viejo, en la vida el que no da todo no da nada!

Así el partido se reinició con siete minutos que restaban más cinco más, que adicionó el árbitro.

Fueron doce minutos electrizantes pero mi equipo fue otra cosa. García nuestro arquero,  puñeteaba cada centro enviado por los rivales y la defensa mostró una solidez como si recién comenzara el encuentro. Todos corrían como fieras; hasta Martínez que se tiraba a los pies de los contrincantes, el mismo que minutos antes no daba más.

Finalmente se escuchó el pitazo del árbitro dando por finalizado el dramático juego. Los jugadores se abrazaban, algunos quedaron echados sobre el césped por el cansancio y Martínez acalambrado asistido por el médico del plantel.

La hinchada desbordaba de alegría, mientras yo con las manos en jarra, giré hacia el túnel para ser el primero en retirarme hacia el vestuario. Por un rato estuve solo, sentado en una banca, escuchando de fondo los festejos con la compañía de la soledad.

Lo último que pensé, es que yo  siempre me consideré un técnico motivador, pero no sé por qué se me ocurrió apelar a aquel discurso iluminado por ese canto a la fe y a la vida que vi reflejado en esa anciana de 91 años, que caminó de Tucumán a Luján 1.200 kilómetros con el firme propósito de pedir paz y rogar por la juventud que anda descarriada.

Finalmente prometí no quejarme más cuando me tocara hacer la larga fila del cajero del banco y de no rezongar si mi mujer me pide que haga las compras en el mercado, mientras le mandaba bendiciones a mi inspiradora, Emma Moronsini, que conmovió a todos los que la vieron peregrinar.

El Poeta del Fútbol