¿Existe realmente el instinto maternal?
Esta es una vieja discusión que no deja de ser subjetiva.
Las mujeres que no sentimos el deseo de tener hijos estamos en todo nuestro derecho de opinar que no existe tal instinto. En cambio, quienes desarrollamos el deseo de engendrar y criar niños sostenemos todo lo contrario porque hemos sentido algo en nuestras entrañas. Con lo cual, no importa si existe o no.
Sin embargo, el instinto de cuidar a la cría, o a cualquier ser vivo más débil, es intrínseco a todo mamífero. Pero para ello, tenemos que sentir cercanía o estar involucrados de alguna manera. Nos pasa con frecuencia que tenemos una necesidad interna de cuidar de una planta, un perro o un anciano, siempre y cuando sintamos que tenemos algún tipo de vínculo con ese ser, o bien si sentimos que la supervivencia de ese ser depende de nosotros. Es decir, si percibimos que nos corresponde hacerlo.
Y lo más llamativo es que en la medida que cuidamos a ese ser, empezamos a construir un vínculo. Quizás en relación a los árboles o las plantas no nos resulte cómodo hablar de cariño; pero en relación a los animales, sí. En todo caso, en la medida que cuidamos a otro, va naciendo una emoción compleja de amor, respeto, preocupación y responsabilidad.
Respecto a los hijos, es importante tener claro que desear un bebé puede ser algo bastante alejado del instinto materno. Porque ese instinto de proteger, cuidar, nutrir y amparar a un hijo sólo puede manifestarse en la medida en que vayamos construyendo una relación concreta y real. Es decir, en la medida que ese hijo exista y tengamos una relación amorosa con él.
Es muy importante, tener claro este concepto, porque las mujeres cuando no tenemos la idea o la necesidad de programar un hijo en nuestras vidas, creemos que es porque no tenemos instinto materno. No es así. Es posible y habitual no sentir en ningún momento la necesidad de tener hijos, y sin embargo, desplegar en muchas áreas –incluso en el hecho materno– grandes capacidades de protección y altruismo.
Ese automático que surge de nuestras entrañas cuando tenemos un niño en brazos, la certeza de querer cuidarlo y mantenerlo a salvo de todos los peligros, aparece si el niño efectivamente está. Y es muy probable que ese instinto no aparezca si el niño no está.
Ahora bien, ¿necesitamos el instinto materno para quedarnos embarazadas? No, definitivamente una cosa no tiene nada que ver con la otra. Nos quedamos embarazadas porque somos fértiles, porque hemos tenido contacto sexual con un hombre. Nos quedamos más fácilmente embarazadas si somos muy jóvenes, si tenemos orgasmos, si sentimos placer, si nos gusta, si nos abandonamos a las sensaciones oníricas, si no tenemos una personalidad muy controladora.
Pero incluso si ya no somos tan jóvenes, si no nos gusta el sexo, si cargamos una terrible represión sexual, si no disfrutamos del contacto corporal... incluso así, a veces nos quedamos embarazadas. O sea, nos quedamos embarazadas porque forma parte de la naturaleza humana. Esta parte de la historia es relativamente sencilla, porque estamos embarazadas y no hay que hacer nada más. El problema aparece un tiempo más tarde, cuando el niño nace. A partir de ese momento, hay un bebé necesitado de los cuidados maternos.
Todas las mujeres tenemos la capacidad de desarrollar el famoso instinto materno si tenemos un hijo que depende física y afectivamente de nosotras y si contamos con referentes externos que nos guíen hacia un acercamiento corporal e intuitivo libre de prejuicios.
¿Puede una madre tener unafacilidad extraordinaria para responder intuitivamente a las necesidades de su bebé? Sí, claro, ¡pero en ese caso tiene que provenir de una infancia ideal! Si hemos recibido suficiente amparo, contacto corporal, palabras cariñosas, mirada exclusiva, pecho, disponibilidad emocional y explicaciones a lo largo de toda nuestra infancia, es mucho más probable que respondamos intuitivamente a las demandas del niño pequeño.
Pero incluso así, es posible que el instinto materno tampoco surja antes de convertirnos en madres, sino a partir del instante en que tenemos a nuestro hijo entre los brazos. Es como la leche: fluye sólo si el niño succiona. La inclinación hacia el cuidado del otro sólo puede aparecer si existe ese “otro” que reclama ser cuidado.
Fuente: tubebe.

