Eric Clapton en Argentina
Eric Clapton podrá editar discos como el reciente Clapton, lleno de blues de vieja escuela, o el todavía más reciente que grabó con Wynton Marsalis y la orquesta del Lincoln Center, tributando a la vertiente más sureña del género, pero tiene perfectamente claro que nada de eso es lo que irían a escuchar 45 mil personas en un estadio de las proporciones del Monumental.
Tan ajustado tiene el setlist que afina desde 2009 que apenas si intercaló la preciosa "When somebody thinks you’re wonderful", del primero de los dos mencionados, como toda novedad, suficiente para corroborar que el público quería que fuera para otro lado.
Es que Slowhand es, a sus 66, un clásico sin retorno, y se sabe que a los clásicos no se les exige sorpresa sino una revisita más o menos fiel de las razones por las que adquirieron ese estatus. Por lo tanto, no está mal y sería injusto caerle por ese lado, mucho más teniendo en cuenta el lujo de banda que pone en escena (Steve Gadd en batería; Willie Weeks en bajo; Chris Stainton y Tim Carmon en teclados).
Sin embargo, es inevitable concluir que los mejores pasajes del impecable show que se vio en la noche del viernes no ocurrieron precisamente de la mano del virtuosismo y la pucritud, sino todo lo contrario: en los solos extendidos de clásicos sin tiempo como Old Love, cuando Clapton exprime distorsión de la Stratocaster o cuando parece dejar que todo se desmadre hacia el final de Little Queen of Spades (uno de los dos que tomó prestados a Robert Johnson, su reconocida debilidad), se visluma un fuego parecido al que supo conseguir con Cream. Y si alguien piensa que es una pena que no haya incluido Sunshine of your love en lugar de insistir con Wonderful tonight, no estaría demasiado equivocado.
Como sea, lo bueno de un recital de Clapton es que su falta de carisma, la ausencia de necesidad de “ganarse al público” que transmite desde el primer acorde de Key to the highway hasta el último compas de Crossroads permite enfocarse solo en la música. El dios blanco del blues no habla sino para gruñir un “gracias”, tras cada canción. “Diez años, es mucho tiempo” fue la única frase que tiró en la hora cuarenta y pico que estuvo sobre el escenario, para referirse a su vez anterior en Buenos Aires.
No podía faltar, nobleza obliga, el set unplugged que linkea con el disco que lo mundializó allá por la década de 1990. La acústica, el bajo y el hammond fueron el marco para Driftin' Blues y Nobody knows you when you're down and out, y volvieron para la versión más arrastrada de Layla, aunque muchos hubieran preferido la eléctrica y al palo.
Clapton pasó como acostumbra: lo suficientemente virtuoso como para maravillar, pero no tanto como para aburrir. Lo que se dice, un caballero inglés flemático y blusero.
Fuente: La voz.