Política

En Educación no entienden el mundo, siguen administrando burocracia

Hoy nos convoca una realidad que, por cotidiana, no deja de ser alarmante: la desconexión absoluta entre la agenda pública y el futuro de nuestros jóvenes.

Mientras el Ministerio de Educación sigue empantanado en una burocracia que parece tener efectos pandémicos sobre la gestión, administrando expedientes en lugar de pedagogía, las aulas se han convertido en cápsulas del tiempo donde se imparten conocimientos perimidos para un mundo que ya dejó de existir.

Es inadmisible que, en la era de la inteligencia artificial, la dirigencia política —desde la Casa de Gobierno hasta la Legislatura— permanezca enfrascada en un debate salarial que no solo genera malestar, sino que aburre por su falta de horizonte. En los países serios, la jerarquía docente y su remuneración son temas saldados por consenso social; aquí, en cambio, se utiliza la miseria que paga el Estado como único eje de discusión para evitar el debate de fondo: la urgente modificación de los contenidos.

Esta falta de visión está expulsando a los chicos de las escuelas hacia el vacío de las redes sociales sin regulación, exponiéndolos a peligros que la política ni siquiera alcanza a dimensionar.

Pero, además, hay una torpeza estratégica imperdonable: el Gobierno sale al mundo a buscar inversiones mientras mantiene a una población que no califica para las exigencias tecnológicas actuales. Están poniendo el carro delante del caballo. No habrá crecimiento posible sin entender que todo está interrelacionado: sin capacitación real, sin una salud óptima, sin seguridad jurídica y sin infraestructura, cualquier promesa de inversión es apenas un espejismo.

Es hora de que la dirigencia reaccione y entienda que gobernar no es solo administrar la escasez, sino preparar a la sociedad para los desafíos de un siglo que ya nos pasó por encima.

También es necesario comprender la lógica del capital. El dinero no tiene sentimientos: tiene lógica, y esa lógica es implacable. Cuando un mercado no alcanza los estándares mínimos de previsibilidad, formación y estabilidad, el inversor simplemente se retira y busca horizontes más amigables.

Es una ilusión infantil creer que alguien vendrá a radicar capitales en una provincia donde el sistema educativo está en terapia intensiva, con docentes que cobran salarios de miseria y deben fragmentar su atención en tres o cuatro empleos paralelos solo para poner un plato de comida en la mesa. ¿Cómo pretendemos que esos profesionales se comprometan con la enseñanza del siglo XXI si el Estado los empuja a la supervivencia básica?

Lo que tenemos hoy es una dirigencia de cabeza anacrónica, anclada en un manual político que ya no sirve. No entiende que la capacitación de la fuerza laboral es la infraestructura más cara y necesaria de este tiempo. Están viendo pasar el tren de la historia desde el andén, insistiendo con contenidos del siglo XIX mientras el mundo real exige innovación y pensamiento crítico.

Esta ceguera estratégica nos está condenando. Porque sin una población calificada, sin salud y sin una seguridad jurídica que garantice reglas claras, no hay discurso oficial que alcance. El capital huye del atraso y de la improvisación, y mientras nuestros funcionarios sigan enfrascados en administrar la pobreza en lugar de generar condiciones para la excelencia, seguiremos siendo una periferia olvidada.

Sin inversión en capital humano, cualquier promesa de desarrollo es, lisa y llanamente, una estafa intelectual a la ciudadanía.