La magia de Titanes en el Ring cumple 50 años
En tiempos en que no había Internet y resultaba impensable poder ver una película a elección en el living de la casa, los niños crecimos admirando las proezas de los “titanes”.
Martín Karadagian nació en Buenos Aires, 30 de abril de 1922. Era hijo de un armenio y una española. De pequeño aprendió lucha grecorromana y en 1938 consiguió el título mundial de la disciplina en su categoría.
Su acercamiento a la televisión le permitió pensar en una de esas ideas que pasan a la historia. Conocedor del ambiente deportivo creó una troupe de luchadores que llevó a la pantalla chica. A cada uno le dio una particularidad. Había buenos y malos, simpáticos y amargados, hábiles y rudimentarios. Nosotros, los niños de entonces, tomábamos partida por unos u otros.
En 1962 “Titanes en el Ring” desembarcó en la pantalla de Canal 9. El 3 de marzo de ese año a las 22,30, se realizó la primera transmisión del programa, que en un primer momento no era para niños, sino una competencia apuntada al público adulto.
Con el correr del tiempo nuevos personajes se fueron incorporando para convertirse netamente en un espectáculo infantil. A tal punto llegó la pasión que se hicieron películas, un disco y un famoso chocolatín de la época traía en su interior los muñequitos de los luchadores.
A los que ya superamos largamente los cuarenta nos cuesta olvidar al querido Caballero Rojo, uno de los preferidos de los chicos, o la momia en sus dos versiones, la blanca y la negra. Racismo disfrazado o no, lo cierto es que la blanca era la buena y la negra la mala. ¿Qué diría hoy el INADI? El presentador anunciaba a la primera como “el luchador sordo mudo” y el miedo y la tensión se apoderaban de la pantalla.
Es sabido que la imaginación de los niños es privilegiada y en ello radicó el éxito de Titanes en el Ring. Porque uno puede proponer cualquier cosa pero son los niños, los que con su inocencia inventan historias en sus cabecita y en definitiva ven “lo que quieren ver”.
El Mercenario Joe, Benito Durante, Pepino el Payaso, Rubén Peucelle el campeón argentino, Gengis Khan, Kangai el Mongol, Tufic Memet, Ararat, el campeón español José Luis, Ulises El Griego, El Coreano Sum y muchos más, hacían las delicias de los niños semana a semana.
Todo era ilusión, pero creíamos que era verdad y sufríamos con cada “Cortito” de Karadagián o su terrible “Piquete de ojos”, dos maniobras prohibidas pero que el hacía con disimulo. Ni hablar si el Caballero Rojo o Pepino el Payaso eran puestos de espalda peligrosamente, por los malvados Gengis Kahn o el Mercenario Joe.
La troupe se completaba con el innombrable árbitro William Boo, malvado, tramposo y corrupto como pocos. Su nombre verdadero era Héctor Brea, luchador y gran amigo de Karadagián. Él era el responsable del gimnasio en el que los luchadores se entrenaban y ensayaban sus rutinas cada noche.
Como todo espectáculo televisivo tenía su animador oficial. Se trata del aún vigente Jorge Bocacci, quien con sus inflexiones de voz y acompañado por la iluminación del estadio, le daba el clima necesario a la presentación de cada luchador. Bocacci se encargaba permanentemente de recordarnos a los chicos que “no debíamos hacer en nuestras casas lo que veíamos en la TV”.
Pasaron los años, los titanes ya no están, pero el recuerdo queda. Eso sí, nunca entenderemos porque en un deporte individual, Sancho Panza podía acudir en ayuda de Don Quijote para darle una soberana paliza al contrario entre los dos.
¿Quién era en verdad la viudita misteriosa? ¿Estaba enamorada del armenio campeón del mundo? ¿A dónde iba a cada rato el “hombre de la barra de hielo”? ¿Es verdad que Yolanda venía del espacio exterior?
Preguntas que de una historia que hoy cumple cincuenta años. Preguntas a las que hoy, ninguno de aquellos niños, les queremos encontrar respuesta.

