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Amigos del deporte y de la vida

Casi todos en el mundo creemos en Dios, como muchos creemos en la amistad. Así aprendemos a aceptar al prójimo, con sus virtudes y defectos, solo buscando la lealtad por sobre lo ideal.

La amistad nace, crece, pero nunca muere. Hay amistades de la niñez, del colegio, de la vida, pero también del deporte. Por eso, cuando llegamos al primer club nos acercamos tímidamente al compañero de al lado. Después eso se transforma en una actitud cotidiana, en la que se comparte el traspié (y cuesta menos), o cuándo la alegría compartida era más grande todavía.

Es que un club, siempre fue una nueva casa, como nuestro hogar real y el colegio. El club de barrio fue una nueva escuela, en donde aprendimos a compartir todos los estados de ánimos.

Porque el deporte siempre fue contagio, el ejemplo de superarnos. Pero nunca lo hubiésemos conseguido, de no haber tenido el consuelo de un hombro o el abrazo de la tristeza y el festejo.

Casi todos en el mundo creemos en Dios, como muchos creemos en la amistad. Así aprendemos a aceptar al prójimo, con sus virtudes y defectos, solo buscando la lealtad por sobre lo ideal.

Por eso nos repartimos el esfuerzo, nos dividimos las cargas, solo para llegar a un triunfo, que resultó tan efímero, al lado de nuestro compañerismo. De ahí que nunca nos quedamos en deuda, pues lo dejamos todo, sin escondernos nada.

Para nosotros no hubo estación, solo la de la felicidad, no hubo calores insoportables ni inviernos crudos, siempre y cuando, hayamos estado juntos.

Por eso siempre supe todo de ti, pero al final de nuestras vidas nunca sabré nada, hasta hicimos la hazaña de transformar a nuestros enemigos, en los nuevos fidedignos.

Un amigo no tiene precio, pero sí un gran valor, la de ser simplemente como un ángel, acompañándote por la vida. Porque nuestra existencia tuvo sentido, no por una vuelta olímpica, sino por perdurar, a través del tiempos y los climas.

Creo en la naturaleza de la pobreza que nos hizo compartir nuestra soledad, a pesar de estar por todos rodeados. Por eso una multitud pudo haberme acompañado, pero entre los dos, hicimos más que todos.

La amistad verdadera no se termina con el final de un evento, la amistad continúa, en lo que intitulamos, nuestro tercer tiempo. Es ahí en dónde muere el reproche, nace la anécdota y vive la comunión entre los buenos amigos.

Cuándo surge la desconfianza, hay un sentimiento que peligra. Sólo si hay amor aparecerá el perdón y la memoria se perderá, hasta cicatrizar viejas heridas.

En el deporte los rencores prescriben, ya que las peleas son ficticias y las mentiras no caben. De última, quedará el respeto, que nunca se le niega en la exhalación final, de nuestro peor enemigo.

Pero no puede haber odio en nuestros corazones, si sabemos de la gloria de habernos levantado, pese a los golpes recibidos.

¿Saben amigos? La amistad es un gran tesoro, de incalculable valor, sólo lo puede valuar Dios, quien es justamente el que puso en nuestro camino ese ser extraordinario, que nos acompañó de niños hasta estos días que ya peinamos canas.

Es el que queda cuando los demás se van, es el que cree en ti cuando todos descreen, es una esperanza que hace posible el mañana, es el ahora antes que el nunca, es el espejo de nuestros días, es quién lo tendremos hoy para abrazarlo. O tal vez, el que no esté presente,  porque nos estará esperando, en el apeadero de los mejores tiempos que van pasando.

Un amigo es todo eso, así en la vida como en el deporte, un sentimiento universal, que nace un buen día, y se disfruta en algún lugar.

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