Principios formativos del Olimpismo
El código ético del olimpismo a través de la vía del deporte, tiende a mejorar la raza humana y a conseguir el canon ideal del hombre equilibrado y perfecto. La aspiración a tal meta, es una constante histórica a través de los tiempos.
Breve reseña del estudio pormenorizado llevado adelante por Conrado Durantez Corral, Presidente de la Academia Olímpica Española y Miembro de la Comisión de Cultura del Comité Olímpico Internacional, acerca del ideario olímpico de Pierre de Cubertin, nos deja una aproximación a la esencia del mas puro tratamiento del Olimpismo.
El código ético del olimpismo a través de la vía del deporte, tiende a mejorar la raza humana y a conseguir el canon ideal del hombre equilibrado y perfecto. La aspiración a tal meta, es una constante histórica a través de los tiempos.
En los andares iniciales del antiguo olimpismo, a través del trance agonal, se tendía a obtener la arcaica y nobiliaria areté, máximo exponente de destaque social del mundo homérico, bajo el patrón de ser siempre el primero y sobresalir sobre los demás.
La capacitación física con el cultivo del carácter encaminada a conseguir logros destacables, se encarna en el agonismo, en donde la confrontación en la competición es un expresión del instinto de inmortalidad, de la aspiración a seguir viviendo en el pensamiento de los parientes y en el recuerdo de los hombres a través de éxitos sobresalientes.
El patrón idealista homérico, dará paso en la misma antesala del clasicismo, al nuevo canon de la perfección a través del simultáneo y equilibrado cultivo del cuerpo y del espíritu. La kalocagathia (de kalós = bello, agathós = bueno) supone el máximo exponente histórico de la educación equilibrada del hombre.
La belleza física (kalós) se adquiría en la fragua de la palestra y del gimnasio, practicando las disciplinas agonales a disputar en su día en la edición de uno de los grandes juegos panhelénicos. La bondad espiritual e intelectual (agathós) la procuraban la música, el canto, la danza, la retórica y la filosofía.
Pierre de Coubertin ha de tener muy presente en su ideario restaurador del moderno olimpismo, los patrones clásicos de Olimpia. En los tiempos del esplendor de Olimpia-diría en 1906-las letras y las artes armoniosamente combinadas con el deporte, aseguraban la grandeza de los Juegos Olímpicos...ya que la educación atlética –precisa en 1889–ejerce por lo menos idéntica acción sobre la moral que sobre lo físico....y si por un lado desarrolla los músculos, también forma el carácter y la voluntad: en una palabra produce hombres.
La indispensable necesidad de la cultura física y la cultura del carácter, no excluye la formación de la inteligencia ni de la sensibilidad. Se trata de un todo armónico. Los principios olímpicos antiguos y coubertinianos hallan su acomodo normativo en la Carta Olímpica cuando precisan que “el objetivo del olimpismo es poner siempre el deporte al servicio del desarrollo armónico del hombre con el fin de favorecer el establecimiento de una sociedad pacífica y comprometida con el mantenimiento de la dignidad humana, apoyando y fomentando la formación de la ética deportiva, velando por el mantenimiento del espíritu del fair play en el deporte y por la erradicación de la violencia”.
El ideal de la superación olímpica que haya su acomodo en el lema Citius Altius Fortius no exige ni requiere la constante mejora de las marcas por el solo y escueto motivo de quebrar un record precedente.
El principio olímpico de la superación, presupone y exige que la mejora de un registro, quizá ostentada por el mismo atleta que lo supera, se produzca porque el competidor a través de una preparación sistemática, sea mejor, él mismo, que en tiempos precedentes.
Que su mejora ontológica total por la vía de la preparación genérica, le otorgue la condición de un rango superior. De ahí, que el frió espejismo del record, como cota oficializada de una hazaña cotizada por los baremos publicitarios de una sociedad de consumo de éticas frecuentemente amorales, no haya de tener necesariamente un adecuado anclaje olímpico a no ser que la capacitación del competidor se haya realizado respetando la dignidad humana.
La “recordmania” y la “medallitis”, desoladores males que aquejan a los altos niveles competitivos, se avienen mal con el humanismo de las exigencias olímpicas. Las prisas por la fabricación de campeones o “campeonitis”, ya en su día fueron denunciadas por Cagigal en la década de los sesenta. A una humanidad que instintivamente se abre hacia la actividad deportiva-decía-se la puede ofuscar con la impresión de grandes campeones. Y se montan fábricas de súper hombres –que ante una norma de sano humanismo se acercan más a infrahombres-. Ha llegado la gran antropofagia, no importan el individuo.
Récords y plusmarcas conseguidos en muchas ocasiones en el mismo ámbito del escenario olímpico, han sido ulteriormente invalidados ante la evidencia de fraude, deshonrando al atleta y desluciendo la fiesta, poniendo en evidencia las maquiavélicas maquinaciones tendientes a obtener un fin sin reparar en los medios. La trampa ruin de la droga y toda la secuela de macabras manipulaciones con los atletas quebrantan la dignidad del individuo, son antihumanas, no son olímpicas. Es aquí donde el humanismo deportivo se centra en el “humanitarismo”, “hacer bien al hombre, es mejorar al hombre, cuando proceda, salvar al hombre”.
Fuente: El movimiento olímpico moderno y su filosofía. Conrado Durantez Corral – Presidente Academia Olímpica Española
Por Sergio Tolaba, academista olímpico (Especial para Jujuy al Momento)

