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La gloria del atleta

Los Juegos Olímpicos eran un espejo de la vida y de la sociedad de los griegos. Durante el festival, al santuario de Olimpia y sus alrededores acudían los más variados personajes.

Cada cuatro años, desde el 776 A.C. hasta finales del siglo IV D.C., los mejores atletas se concentraban en el santuario de Olimpia entre finales de julio y agosto, coincidiendo con la segunda luna llena después del solsticio de verano.

Durante cinco días, entre julio y agosto, se reunían en Olimpia los mejores atletas de Grecia para competir en honor de los dioses. Los vencedores, aclamados en sus ciudades, eran vistos como ejemplo de virtudes físicas y espirituales.

Cuenta Cicerón que cuando a Pitágoras le preguntaron qué era un filósofo, el sabio respondió que «la vida humana le parecía semejante a esos juegos que celebran los griegos.

Allí, quienes han ejercitado sus cuerpos van a buscar la gloria y el premio de una corona famosa; otros, que acuden a comprar o vender, van atraídos por el afán de ganancias; pero también se presenta allí un tipo de visitantes, especialmente distinguido, que no van en busca de aplausos ni de ganancias, sino que acuden a observar y contemplar con gran atención lo que sucede».

Pitágoras no andaba en absoluto desinformado: los Juegos Olímpicos eran un espejo de la vida y de la sociedad de los griegos. Durante el festival, al santuario de Olimpia y sus alrededores acudían los más variados personajes: vendedores ambulantes de comida, bebida y toda clase de artículos, magos, acróbatas, bailarines, supuestos adivinos y charlatanes de todo tipo. Pero también, por la misma razón, Olimpia era el lugar ideal para observar y estudiar los más diversos aspectos de la vida humana, desde el arte a la política: en ningún otro momento y lugar se reunía mayor cantidad de griegos que en este santuario durante los Juegos.

Allí, sabios y escritores daban a conocer sus obras en exposiciones públicas, el medio de difusión más efectivo en una cultura esencialmente oral como fue la griega hasta la época clásica. Cuenta, por ejemplo, la tradición que Herodoto hizo en Olimpia la primera lectura pública de su obra, y que entre el público se encontraba un niño llamado Tucídides, que al escucharlo lloró de emoción y decidió ser también él historiador.


Deporte y política

La enorme popularidad que proporcionaba el triunfo en los Juegos fue también explotada como propaganda política, ya que podía dotar de prestigio a una actuación política dudosa. El tirano Hierón de Siracusa, por ejemplo, fue asiduo participante y vencedor en las competiciones más importantes durante el segundo cuarto del siglo V A.C. y recurrió frecuentemente a esta propaganda. Pero quizás el mejor ejemplo de explotación política de éxitos deportivos lo constituye Alcibíades. En el discurso que pone en su boca Tucídides, el primer mérito que ese hombre ambicioso y sin escrúpulos alega para convencer a los atenienses de la conveniencia de enviar (bajo su mando) una expedición a Sicilia durante la guerra del Peloponeso es precisamente su espectacular triunfo en los Juegos Olímpicos.


La tregua sagrada

Los verdaderos protagonistas de los Juegos eran quienes, según Pitágoras, acudían a Olimpia en busca de la gloria: los atletas de verdad. Cada cuatro años, desde el 776A.c. hasta finales del siglo IV D.C., los mejores atletas se concentraban en el santuario de Olimpia entre finales de julio y agosto, coincidiendo con la segunda luna llena después del solsticio de verano.

Desde algunos meses antes, tres mensajeros recorrían las ciudades griegas proclamando la famosa «tregua sagrada». Lamentablemente, la «tregua sagrada» no pretendía, ni -podía –pretender, tanto. Se trataba sencillamente de lograr una especie de salvoconducto que asegurara la inviolabilidad de los deportistas y de los espectadores durante su viaje hacia Olimpia y el posterior retorno a sus ciudades respectivas, a fin de que las guerras no impidiesen la celebración de los Juegos.

Sea como fuere, la proclamación de la tregua olímpica al menos consiguió que los Juegos se celebrasen ininterrumpidamente durante más de un milenio. Uno de los factores que probablemente contribuyeron al éxito de la tregua y a la consiguiente celebración ininterrumpida de los Juegos Olímpicos antiguos fue el carácter religioso de las competiciones deportivas griegas. Los juegos griegos eran, en efecto, una celebración religiosa, un acto de culto, y ésta constituye la principal diferencia con respecto al deporte moderno. Por ello los actos rituales ocupaban un lugar central en el desarrollo de los Juegos.

Por Sergio Tolaba, academista olímpico (Especial para Jujuy al Momento)

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