El olimpismo en la educación entre el juego y el deporte
Por olimpismo se entiende el movimiento internacional impulsado por el barón Pierre de Coubertin (1863-1937), consistente en la convivencia pacífica entre las naciones a través de la competencia deportiva, inspirado originalmente en las históricas justas atléticas de la antigua Olimpia (en el esplendor de la cultura griega, cuna del conocimiento occidental), lo que dio origen en 1.896 a los Juegos Olímpicos de la era moderna.
Ante la efervescencia que provoca la llegada de los Juegos Olímpicos, bien vale la pena reflexionar sobre los valores que se involucran en este magno evento de alcance mundial, debido a su innegable influencia en muchos ámbitos de la vida del hombre posmoderno, entre ellos, el educativo.
La educación, por su parte, representa el mecanismo por medio del cual unas generaciones transmiten su cultura a las nuevas para perpetuarla (reproducción) y, al mismo tiempo, contrariamente constituye el fundamento para el cambio y la renovación de lo obsoleto hacia niveles sociales superiores, con lo que simultáneamente se reproducen patrones y valores mientras se cuestiona su existencia.
La transmisión cultural en la escuela no solamente ocurre de manera formal en la enseñanza de contenidos de las diferentes materias, también de modo informal se está bajo la influencia del mundo circundante: las relaciones entre compañeros y con el docente en el aula, la convivencia con otros niños en el patio, con los demás docentes y con otros adultos, las formas de recibir la clase, las ceremonias cívicas, los festejos, los concursos y eventos especiales, etc., todos son canales transmisores de lenguajes y códigos que el alumno incorpora como esquemas mentales que luego influyen en la forma de entender la realidad y de comportarse; de ahí la importancia de cuidar y estar atento en lo que ocurre en el universo escolar.
El vínculo que más comúnmente suele establecerse para relacionar el deporte olímpico y la educación es a través de las clases de educación física que se cursan en la escuela, en las que el deporte se incorpora como uno de los contenidos curriculares. En muchos casos también se aborda la historia de los Juegos Olímpicos o se toman las hazañas de los deportistas que en ellos participan como medios para despertar el interés e incentivar la participación del alumnado.
Sin embargo, nos preguntamos si el olimpismo es algo realmente valioso para la educación. Cuando el profesor de educación física expresa en la clase sus preferencias por algún equipo profesional de futbol, cuando comenta noticias sobre sus partidos, su entrenador o sus jugadores, cuando se promueve su imitación, etc., se genera un ambiente en el cual se asumen estos hechos como importantes, y se puede decir que se integran en el niño como un valor: “Los valores hacen referencia a modelos ideales de actuar y de existir que el ser humano aprecia, desea y busca, y a través de los cuales interpreta el mundo y da significado a su existencia”.
Por esta razón, es conveniente confrontar los valores del olimpismo actual, como expresión máxima del deporte, con los valores educativos. Según algunos autores, no pueden llamarse deportes cualquier tipo de ejercitación corporal. Se dice que originalmente el deporte incorporó valores como el culto por el esfuerzo, el desprecio al peligro, el amor a la patria, la generosidad, el espíritu caballeresco, la estimación por las artes y las letras, etc.; en suma, se aspiraba a un estilo de vida en búsqueda de su significado universal.
Cautivado por estos principios, el Barón de Coubertin introdujo a la Europa continental el deporte inglés, agregándole los valores griegos de la paz y hermandad (tregua olímpica en conflictos armados), la lucha con honor, la abnegación, la modestia; y él mismo le imprimió su deseo de participación desinteresada: “Lo importante no es ganar, sino competir”.
No obstante, con el tiempo el deporte olímpico fue cambiando hasta convertirse en un verdadero fenómeno social y, de la mano de los medios de comunicación, se volvió espectáculo de las masas y objeto de consumo que generó toda una industria, incorporando una serie de valores muy lejanos a los que le acompañaron en su nacimiento, entre ellos las rivalidades, la sobrevaloración del triunfo y la derrota por encima de la participación, los fanatismos, el fenómeno consumista, etc.
Esa importancia desmedida tomada por el espectáculo deportivo es totalmente perversa. Justifica la selección, el individualismo, la competencia entre la gente, consolida el espantoso mito del éxito individual, que equivocadamente lleva a pensar que el mundo pertenece a los vencedores, que la historia la escriben estos y que pone fuera de contexto a los débiles.
Los impulsores de este tipo de pensamientos, han querido ver a la escuela como la base de una pirámide (“el semillero”) cuya cúspide sería el deporte de alto rendimiento. Por ello conviene deslindarla, porque se trata de algo incompatible entre los valores expresados y los estrictamente educativos.
El papel de la educación física escolar no es el de formar campeones, seleccionar talentos, ni adiestrar a los alumnos para el alto rendimiento deportivo, su misión está centrada en educar a través del movimiento, procurando que todos los educandos se apropien de los suficientes conocimientos, hábitos y actitudes, relacionados con su motricidad, que les permitan responsabilizarse del cuidado y mantenimiento de su propio cuerpo el resto de su vida ,educando para la esperanza y mejor calidad de una vida activa.
Por Sergio Tolaba, academista olímpico (Especial para Jujuy al Moment o)