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Del cronómetro olímpico al tanque de tinta: la historia detrás de una marca japonesa

En los Juegos Olímpicos de Tokio de 1964 había un problema bastante concreto: medir una competencia con precisión no alcanzaba, también era necesario registrar rápidamente los tiempos y dejar constancia del resultado. Dentro del grupo Seiko, una de las compañías involucradas en ese trabajo desarrolló tecnología capaz de medir y, al mismo tiempo, imprimir los registros.

Ese vínculo entre relojería e impresión parece extraño visto desde el presente, pero explica buena parte de la historia de Epson. Mucho antes de convertirse en una marca asociada a impresoras domésticas, proyectores y equipos de oficina, sus raíces estaban en la fabricación de relojes y componentes de precisión.

Primero fueron los relojes

La historia empresarial se remonta a 1942, cuando se creó DaiwaKogyo en la prefectura japonesa de Nagano. La compañía trabajó dentro del ecosistema industrial de Seiko y fue desarrollando conocimientos vinculados con mecanismos pequeños, fabricación de precisión y control del tiempo.

Un hito importante llegó en 1956 con el Seiko Marvel, un reloj mecánico de diseño propio que se convirtió en una referencia para el negocio relojero de la empresa.

Durante aquellos años, hacer componentes cada vez más pequeños y precisos era una necesidad técnica. Esa experiencia terminaría sirviendo para productos que poco tenían que ver con un reloj de pulsera.

El salto comenzó a verse en los años sesenta. Para las competencias deportivas se desarrollaron cronómetros electrónicos y un sistema llamado Printing Timer, presentado en 1963. El equipo podía medir una prueba y registrar automáticamente el resultado sobre papel.

Cuando Seiko fue seleccionada como cronometradora oficial de los Juegos de Tokio de 1964, Suwa Seikosha —antecesora de la compañía actual— participó en ese trabajo. La experiencia obtenida con aquellos sistemas abrió una nueva posibilidad: fabricar mecanismos de impresión mucho más compactos.

La pequeña impresora que terminó dando nombre a la marca

En septiembre de 1968 apareció la EP-101, una impresora digital pequeña y liviana para los estándares del momento. Había sido desarrollada a partir de los conocimientos adquiridos con los sistemas de cronometraje y encontró rápidamente otra aplicación importante: las calculadoras electrónicas que empezaban a llegar a oficinas y comercios.

El nombre EP provenía de “Electronic Printer”. Años después, en 1975, la compañía buscó una denominación para todos los productos que pudieran surgir a partir de aquella tecnología.

La idea fue bastante literal: EP más “son”, es decir, los descendientes de la EP. De esa combinación nació el nombre comercial que terminó extendiéndose internacionalmente.

El cambio también marcó una transformación más profunda. La precisión aprendida en relojería ya no estaba limitada a medir el tiempo. Podía aplicarse a impresoras, componentes electrónicos y, posteriormente, muchas otras tecnologías.

De la impresión mecánica a expulsar gotas de tinta

Otra fecha decisiva fue marzo de 1993. Ese año apareció la Stylus 800, la primera impresora de la compañía equipada con la tecnología Micro Piezo.

En vez de calentar la tinta para expulsarla, el sistema utiliza elementos piezoeléctricos que cambian de forma al recibir una señal eléctrica y generan la presión necesaria para lanzar pequeñas gotas.

La importancia de esa tecnología estuvo en el control de la tinta y en la posibilidad de trabajar con diferentes formulaciones sin recurrir al calor en el cabezal. Un año después, esa base tecnológica también impulsó el desarrollo de impresoras color orientadas al mercado doméstico.

Así comenzó una etapa en la que imprimir fotografías y documentos a color en casa pasó a ser mucho más habitual.

2010: la tinta deja de depender del cartucho

El siguiente cambio importante ocurrió en octubre de 2010 con las L100 y L200. Estos equipos reemplazaron los cartuchos tradicionales por depósitos de tinta de alta capacidad que podían recargarse mediante botellas.

Los primeros modelos se lanzaron en Indonesia, donde ya existía una fuerte demanda por sistemas externos de tinta adaptados a impresoras convencionales. La compañía decidió integrar esa idea directamente al diseño del equipo.

Después de su expansión por diferentes mercados de Asia, el sistema llegó también a América Latina y a otras regiones.

Ese cambio fue importante porque el tanque dejó de ser una modificación externa y pasó a formar parte de la impresora desde fábrica. Con el tiempo, esta familia de productos se identificó comercialmente como EcoTank.

Del origen industrial al catálogo actual

La empresa actual es bastante más amplia que una fabricante de impresoras. Su catálogo incluye proyectores, escáneres, equipos para puntos de venta, soluciones de impresión comercial e industrial, robots y distintos componentes electrónicos.

Sin embargo, la impresión continúa siendo una de sus áreas más visibles. En el mercado argentino pueden encontrarse las impresoras Epson en variantes orientadas al hogar, fotografía, emprendimientos y oficinas.

Dentro de esa oferta, los equipos con depósitos recargables ocupan un lugar importante. El concepto que comenzó con las L100 y L200 se extendió a modelos multifunción, fotográficos y equipos pensados para mayores volúmenes de trabajo.

Lo que realmente cambió fue el consumible

Durante mucho tiempo, el negocio de la impresión doméstica estuvo asociado a una relación sencilla: comprar el equipo y después reemplazar periódicamente sus cartuchos.

Los tanques modificaron esa lógica. El consumible siguió siendo la tinta, pero cambió la manera de almacenarla, comprarla y cargarla. La botella comenzó a reemplazar al cartucho como pieza intercambiable en buena parte de esa línea.

Es un cambio menos llamativo que pasar de un reloj a una impresora, pero probablemente sea más importante para entender la evolución reciente del sector.

También muestra una constante que atraviesa toda esta historia: tomar una tecnología ya utilizada para una tarea y reorganizarla para resolver otra necesidad.

Una historia que todavía sigue cambiando

Desde los mecanismos de relojería de los años cincuenta hasta los depósitos recargables actuales hay más continuidad de la que parece. El objetivo fue cambiando, pero la búsqueda de equipos compactos, precisos y capaces de controlar movimientos muy pequeños se mantuvo como una constante técnica.

La impresión sin cartuchos ya dejó de ser una rareza dentro del mercado doméstico y aparece en líneas destinadas a usos muy diferentes. Queda por ver cuánto más avanzará esa transición y qué lugar conservarán los cartuchos tradicionales.

La próxima vez que veas una impresora con tanque recargable, puede valer la pena recordar que parte de esa historia comenzó mucho antes, intentando medir y dejar impreso el tiempo exacto de una carrera.

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