La Luisa
La Luisa entró a la familia por la puerta estrecha; medio como de contrabando. Era santiagueña. La trajo el tío Humberto.
El hombre había permanecido solo mucho tiempo después que su mujer lo dejó, cansada de sus malos tratos. La Luisa era muy joven y su llegada a la casa de la abuela, la madre de Humberto, suscitó desconfianza. Pero la sumisión de la muchachita y el verla trabajar como un hombre, a la par de su compañero, no tardaron en diluir cualquier recelo en la matriarca. La Luisa tenía un cuerpo armonioso, brazos y piernas fuertes. Aprendió, de a poco, a levantar la cabeza y mirar de frente. Era la suya una cara amplia, trigueña, donde brillaban pequeños ojos oscuros. Cuando sonreía, mostraba unos dientes blancos y parejos. Al dejar la casa de la abuela para vivir en el campo, como encargados de una finca, le perdimos un tanto el rastro a la pareja. Vivieron muchos años juntos: no hubo hijos. La Luisa pasó a ser “la tía Luisa”, la señora de Don Tella. Cuando se trasladaron al pueblo, ocuparon una humilde casita en las afueras. No tardó la mujer en alcanzar prestigio como empanadera y el aprecio de sus colegas en el Taller de Costura Comunitario donde entró a trabajar. Cuando quedó viuda, guardó en una habitación todos los objetos queridos del difunto. Una suerte de museo-santuario personal que cuidaba con amoroso esmero. En una ocasión, mientras viajábamos por el NOA, decidimos hacerle una visita. Llegamos de incógnito. Queríamos sorprenderla. Golpeamos la puerta. Nada. Insistimos. Silencio.
-Parece que no está- dijimos.
-Sí, sí está; la coya es medio mañera. Ya va a salir. Seguro que nos espió y se está aderezando- nos aclaró la tía Elvira que oficiaba de guía del viaje.
Efectivamente, al rato apareció: impecable, sonriente, contenta de vernos. Un pulcro pañuelo cubría su cabeza, batón floreado, boyeros blancas. Acomodó algunas sillas a la sombra de un árbol del patio y circuló el mate con pan casero. De pronto, la tía Luisa interrumpe la charla, mira alrededor, extiende un brazo y me señala los cerros que nos circundan.
-Mirá, sobrina, estas son mis riquezas…
No sé si la tía Luisa todavía anda haciendo alarde de esos tesoros, reflejados en el fondo de sus oscuras pupilas.
Yolanda Beguier, escritora y comentarista jujeña.
Junio 2018