Con la escarapela en el pecho firman contratos que empobrecen a la gente
Los actos patrios contrastan con denuncias sobre contratos energéticos que habrían perjudicado a los usuarios mediante el aumento de tarifas. A esto se suman cuestionamientos por la adjudicación de obras, el rol de los organismos de control y la falta de transparencia en la gestión de los recursos públicos.
Observamos con la cabeza fría, pero con la indignación a flor de piel, apenas unas horas después de haber celebrado otro Día de la Independencia. Mientras las plazas se llenaban de discursos solemnes, es imposible no contrastar esa puesta en escena con la cruda realidad que desnudó el reciente informe del bloque de diputados de la izquierda sobre los contratos energéticos en nuestra provincia.
Nos hablan de soberanía y de patria, pero por detrás nos enteramos de convenios escandalosos firmados durante la gestión de Gerardo Morales y avalados por la Susepu y la Secretaría de Energía, donde se pactó la compra de energía a precios irrisorios en dólares que después se trasladaron de forma geométrica a las boletas de los vecinos. Es un golpe asfixiante al bolsillo de los jujeños que ya no se puede ocultar más.
Para colmo de males, a este panorama se le suma un dato gravísimo: el otorgamiento, por parte del Gobierno, a través de Jemse, de licitaciones para parques solares de dudoso funcionamiento, por los que se terminan pagando sumas millonarias a la firma Secco S.A., cuyo titular es Jorge Balán.
Estamos hablando del mismo empresario que, en 2018, confesó ante la Justicia haber pagado coimas en la obra pública dentro del escándalo de la causa Cuadernos. Resulta indignante que, con semejantes antecedentes, se le termine adjudicando un proyecto que configura otro monopolio al que nadie parece querer vigilar. Porque, seamos honestos, exigirle control a la Susepu hoy en día es como pedirle peras al olmo. Y si miramos hacia la Oficina Anticorrupción, que preside Josefa Herrera, nos encontramos con una dependencia estatal, financiada por el esfuerzo de todos los jujeños, que ha sido transformada en un engranaje más para mirar hacia otro lado y diluir las responsabilidades del poder.
En cualquier provincia con un funcionamiento institucional normal, las cartas estarían sobre la mesa y estos contratos ya estarían bajo una revisión inmediata. Mientras todo esto pasa en Jujuy, el país escuchaba ayer la homilía del arzobispo de Buenos Aires en el Tedeum de la Capital Federal, donde se señalaba el doloroso crecimiento de la pobreza y se cuestionaba con dureza la corrupción que carcome las bases de la Nación. Pero en nuestra provincia, la reacción de la dirigencia política es el silencio cómplice y la simulación.
Salen a la calle a mezclarse con la gente luciendo escarapelas grandilocuentes, montando un patriotismo de cotillón y repitiendo que las celebraciones cívicas son lo más importante para el pueblo, especulando con que el ruido de los bombos tape la realidad de los números.
Vecinos, la verdadera fiesta patria no se agota en un desfile ni en un feriado. Necesitamos volver, de manera urgente, a la educación cívica para que cada ciudadano conozca a fondo sus derechos y el espíritu real de las normas. Solo con un pueblo consciente y educado vamos a poder defendernos del atropello de esta dirigencia que prefiere el silencio antes que la transparencia.
Se ha naturalizado en Jujuy un flagelo perverso: el uso de las fechas patrias como un analgésico social, un gran decorado diseñado para que, por veinticuatro horas, nos olvidemos de los contratos en dólares, de los sobreprecios energéticos y de los amigos del poder beneficiados a espaldas del pueblo. Al día siguiente, la puesta en escena termina y la maquinaria de las fechorías administrativas continúa su marcha como si nada hubiera pasado.
Lo verdaderamente peligroso es que, como sociedad, empecemos a ver esto como algo normal; que aceptemos que la política sea un espectáculo de cinismo donde se viste la escarapela en el pecho mientras, con la mano, se firman resoluciones que empobrecen a los usuarios.
La democracia no sobrevive con ciudadanos pasivos que solo asisten a desfiles; necesita un pueblo despierto que exija rendición de cuentas los trescientos sesenta y cinco días del año. Si permitimos que el patriotismo se convierta en el refugio de los cómplices de la corrupción, terminaremos perdiendo no solo nuestros recursos, sino también la dignidad institucional.