Irene Colque de Vargas, una panadera de 56 años que lleva 35 en este rubro y no planea abandonarlo.
En el valle alto de Cochabamba, Bolivia, ella ha sido la única que aún mantiene la tradición de hacer pan casero, algo que empezó en los 70′. Todo comenzó gracias a su suegro, según cuenta a Los Tiempos, cuando comenzó a trabajar en su panadería, Luis Vargas.
Con tan solo 17 años de edad ejerció este bello oficio, característico de la región y supo que se trataba de lo que quería hacer durante toda su vida.
Y es que en su vida matrimonial tuvo 10 hijos, a los cuales sacó adelante con su pan casero, pero no solo para venderlo sino que también lo usó para alimentarlos. Por ahora solo dos siguen con el negocio familiar, ayudándola en su arte culinario reconocido por todos los que viven en el pueblo de Toco.
“Con eso he mantenido a mis hijos, pues, más cuando eran chiquititos. Y siempre hay para comer. Si no haría, compraríamos. 10 bolivianos cada día. Con eso los he criado a mis hijos, con pan”.
En varias ocasiones ha sido merecedora de premios por su labor, su último logro fue obtener el primer lugar al mejor pan Mama Qonqachi.
Muchos no saben si atribuirle el perfecto sabor a su técnica o tal vez a su horno, con el cual trabaja desde sus inicios en la panadería. Cada pan casero que sale de su hogar es hecho a pulso, con trigo fresco y preparado cuidadosamente pues sabe que llegarán a los hogares de sus vecinos.
Cada viernes y domingos se dedica a hacer entre 300 y 500 panes, los cuales vuelan entre sus vecinos del municipio Toco. Por ahora sueña con irse al extranjero para reencontrarse con sus hijos y llevar a otra nación la magia de su pan casero, mostrarle al mundo lo que unas manos bolivianas pueden hacer.

