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Caída de la natalidad: ¿buena o mala noticia?

Un recorrido por los discursos de catástrofe que culpan a la autonomía de las mujeres, los verdaderos problemas del sistema económico y la posibilidad de entender la baja de nacimientos como una respuesta necesaria ante un planeta en crisis.

Desde mediados del siglo pasado, el mundo experimenta un marcado descenso en las tasas de fecundidad, pero en Argentina el tema ha encendido alarmas particulares tras registrarse una caída sustancialmente más pronunciada a partir del año 2014.

Frente a este escenario, desde sectores políticos y económicos conservadores se busca instalar la idea de una catástrofe demográfica, desplegando una narrativa que responsabiliza directamente al proceso emancipatorio de las mujeres. Bajo esta premisa, la búsqueda de autonomía laboral y académica o la participación en tareas antes reservadas a los varones son señaladas como las causas principales de un supuesto colapso que amenaza el futuro de la sociedad.

Sin embargo, al examinar la solidez de los argumentos económicos, la narrativa de la catástrofe comienza a desmoronarse. Se suele argumentar que la baja de nacimientos compromete de forma irreversible la sustentabilidad previsional, pero se omite deliberadamente que las verdaderas grietas del sistema radican en una informalidad laboral que ronda el 50 %, agravada por marcos legales que flexibilizan el empleo.

Al mismo tiempo, se esquiva la discusión sobre gravar adecuadamente a las industrias hiperlucrativas y extractivas que generan escasa mano de obra, prefiriendo desviar el malestar social hacia un grupo históricamente postergado antes que revisar la redistribución de la riqueza.

Más allá de los números fiscales, el debate público ignora de manera sistemática las condiciones reales en las que se lleva a cabo la maternidad y el sostén de la crianza en la actualidad. Las mujeres continúan asumiendo de forma desproporcionada la carga de las tareas de cuidado no remuneradas, dedicando diariamente casi el doble de tiempo que los varones al trabajo doméstico.

A esta brecha se le suma un contexto de marcada vulnerabilidad económica, donde el 82 % de los hogares monoparentales están a cargo de mujeres y la gran mayoría de ellas no percibe la cuota alimentaria correspondiente, configurando un escenario donde maternar se vuelve una tarea casi inviable.

Por otro lado, enfocar el fenómeno como una responsabilidad exclusivamente femenina invisibiliza las transformaciones que atraviesan a los propios varones y a la biología misma. Los datos reflejan que el deseo de tener descendencia es similar entre hombres y mujeres, mientras que las vasectomías elegidas crecen a la par de una alarmante caída del 51 % en la fertilidad masculina registrada en las últimas cuatro décadas como consecuencia de factores ambientales. Todo esto demuestra que la decisión de no tener hijos, o de limitar la descendencia, responde a transformaciones profundas que van mucho más allá de un señalamiento individual.

Finalmente, en un planeta agotado por la presión extractivista y el colapso ecológico, resulta imprescindible preguntarse si continuar multiplicando la población es el único camino posible.

Diversos análisis científicos sostienen que no existe la posibilidad de un crecimiento físico infinito dentro de un mundo con recursos naturales finitos. Lejos de constituir una tragedia, el descenso en la curva de nacimientos puede interpretarse como una respuesta adaptativa de la especie, una oportunidad para redirigir los esfuerzos colectivos hacia el cuidado de las vidas que ya existen y la construcción de un modelo genuinamente sostenible.