Economía poética
- De la economía política a la economía poética.
- Ante la crisis, pareciera mejor apelar a formas poéticas que a la dureza de los números.
- La editorial de Nación sobre el lenguaje y la economía.
La Argentina enfrenta una crisis profunda, resultado de muchos años de populismo. Para salir de ella es indispensable convocar a un esfuerzo colectivo, no mediante fórmulas autoritarias, como en China, sino mediante incentivos que generen prosperidad.
Como la rueda ya ha sido inventada, no hay fórmulas misteriosas al tiempo de alinear esfuerzos para la creación genuina de riqueza. Aunque convulsionados, eso lo saben bien los países de la Unión Europea, desde los escandinavos hasta las 15 repúblicas que integraban la URSS. Y la mayoría de América Latina, salvo los enclaves de pobreza y sumisión, como Cuba, Venezuela y Nicaragua.
También los países con culturas milenarias, como los "dragones asiáticos" (Hong Kong, Taiwán, Corea del Sur); los vecinos India y Paquistán; el sudeste asiático (Singapur, Malasia, Tailandia, Indonesia); los discípulos de China: Camboya, Vietnam y Laos, e incluso las nuevas economías africanas, como Botswana, Ghana, Nigeria y Luanda. A su manera, intentan participar en el comercio mundial y atraer inversiones extranjeras con modelos capitalistas de distinta factura. Algunos, con marcos institucionales democráticos, y otros, autoritarios. Algunos, con gobiernos transparentes, y otros, corruptos. Pero todos utilizan un lenguaje parecido en un contexto cada vez más difícil en que los ahorros buscan refugio en activos seguros.
Ese lenguaje, común y corriente en la redondez del planeta, no figura en los discursos o declaraciones del frente que nos gobierna. Es una buena noticia para el resto del mundo, ya que dejamos de competir en la puja por atraer inversores.
En una versión aggiornada del vivir con lo nuestro, ahora la viga maestra de nuestro desarrollo económico será la solidaridad: la unión de todos en la batalla contra la pobreza, los oligopolios, la deuda externa y la justicia "ilegítima". Sin embargo, ello implica poner el carro delante de los caballos. La solidaridad es para distribuir riqueza mientras esta se crea con mayor productividad. Esta es la locomotora; aquella, el vagón comedor.
Impulsar una economía a partir de la solidaridad es una propuesta inusual, más apropiada para el púlpito que para ministerios de hacienda o de producción. Alguno habrá imaginado que, ante la crisis, es mejor apelar a formas poéticas que a la dureza de los números. En el lenguaje de Lope o de Lorca, cinco más cuatro pueden ser diez, como lo afirmaba Perdulario. Y así los argentinos podrían superan sus restricciones presupuestarias con la amable ayuda del verso: de la economía política a la economía poética.
Las expresiones "eficiencia" y "competitividad" son vocablos ignorados en estas costas, a pesar de ser el corazón de todo programa de crecimiento, requerido de inversión, nuevas tecnologías y reducción de costos redundantes, como ocurre en los países nórdicos que se toman como modelos.
También son evitadas las referencias a la "productividad", la "apertura" y la "integración" para ampliar mercados y generar divisas con economías de escala. En nuestro país, se ofrecen textiles y electrodomésticos de países comparables con el nuestro, pero en las vidrieras del exterior, jamás " made in Argentina ". Aquí demandamos divisas escasas, pero no las generamos.
El "esfuerzo", el "mérito", el "talento" y el "éxito" son motores de progreso en los países orientales, pero denostados en estas tierras por ser "valores individualistas" y contrarios a la prédica del pobrismo. No solamente se han eliminado esos calificativos del ámbito económico, sino también de la órbita educativa y social. De allí la magra cantidad de nuevos emprendedores y en los resultados de las pruebas PISA.
También se ignora la potencia creadora del "capital social" y de valores como la "confianza", la "credibilidad" y la "reputación". Son la base del éxito de los países escandinavos, donde el entramado social sustenta una economía capitalista con inclusión y bajo nivel de conflictividad. Allí no hay proliferación de legisladores, ni políticos corruptos, ni inflexibilidad laboral, ni empresarios clientelistas, ni sindicalistas poderosos.
En las democracias maduras se reconoce a la inversión como palanca del crecimiento y a las instituciones que la hacen posible. Expresiones como "seguridad jurídica", "previsibilidad", "respeto por los contratos" y "Estado de Derecho" nunca faltan al tiempo de buscar capitales. En la Argentina, son palabras repugnantes, como bien lo enseñó Axel Kicillof en 2012, en el Senado de la Nación, cuando YPF fue confiscada.
Prosperan los países donde hay consensos acerca del "respeto a la ley", a la autoridad, a los maestros, a los padres, a los mayores. Donde se hacen valer la diversidad y la diferencia con el respaldo del orden democrático. Donde existen premios y castigos como incentivos para conductas que favorecen a la sociedad en su conjunto y desaliento de aquellas que la perjudican. En la Argentina impera la anomia, y la creciente violencia nos sorprende todos los días.
Es probable que esta salida por la "tangente solidaria" no haya sido por convicción ética, ni por creatividad económica, ni por inspiración poética. Parece una forma de evitar el conflicto con los sectores de poder que dominan y controlan todos los nudos, obstáculos y privilegios corporativos que impiden la competitividad argentina. Se trata de los dueños de la economía cerrada, de los enclaves importadores, de los camiones, de los puertos, de la industria del juicio, de las agencias regulatorias, de las empresas estatales, del empleo público redundante y de los enormes costos laborales. Todos ellos configuran el "ser nacional" y son demasiado poderosos para desarticularlos.
Ante esa madeja de intereses solidificada por décadas de vigencia, entrelazada con la política, con las profesiones y con toda la estructura (im)productiva de la Argentina, se entiende que los sucesivos gobernantes opten por mirar para otro lado. Y, de vez en cuando, propongan rebautizar la economía política con alguna variante creativa, como la novedosa economía poética. Recurriendo al vuelo lírico de Safo, siempre más atractivo que la crudeza mercantil de Hermes.