Travesía Cultural |

Poema elegido para esta semana

“Pueblito de infancia” de Carlos Figueroa

Compromiso humano y universal en una poética que enciende nuestra sensibilidad.

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Carlos Figueroa, poeta y periodista salteño, vivió en Jujuy en donde realizó una labor literaria múltiple y eficaz. Había nacido en Salta en 1925. Como periodista cultural colaboró en diarios jujeños, “Libertad”, “Jujuy” y “Pregón”; en “El Tribuno de Salta, en “La Gaceta” de Tucumán, y en publicaciones del exterior. Publicó “Luz de otoño” en 1984 y “Prueba de fe” en 1990. Algunos de sus relatos figuran en la revista cultural “Tarja” y en la Gaceta de Tucumán.

El lirismo de su voz se asoma en este poema titulado “Pueblito de infancia”. Se percibe la sensibilidad del poeta expresada en el recuerdo de la infancia, en la belleza de las imágenes del recuerdo: Naturaleza, amor por la gente humilde, pueblo: “un nido abandonado, una herida en el mapa”. Íntima emoción.

PUEBLITO DE LA INFANCIA

“…Hoy no sé cómo eres pero sé cómo eras:

un nido abandonado, una herida en el mapa…”

No sé por qué ahora, precisamente ahora

rne vienes al recuerdo pueblito de la infancia.

Eras un polvoriento retazo de miseria,

un nido abandonado, una herida en el mapa.

Por tus días seriados transcurrían las horas

con levedad de sombras, con suavidad de garzas,

y sólo en el ingenio lejano y estridente

todo era tiempo, apremio, la vida no contaba.

Por tu calle sin prócer sólo andaba el silencio

y una acequia que olía a sudor y melaza.

Qué hermosos tus veranos ardidos de coyuyos,

qué tristes tus inviernos con sus lloviznas lacias.

Yo también era parte de tu barro y tu gente,

tus fines de quincena, tu hambre amontonada,

tus niños enfermizos, comedores de tierra,

tu escuela sin bandera, sin risas, sin campana.

Yo era el implacable verdugo de tus pájaros

y el catador fruitivo de guarapos y cañas.

La honda siempre al cuello y en la mano el machete,

dos piernas de flamenco, dos rotas alpargatas.

Sabía de tu pena ahogada en borracheras,

de tu carne a destajo, vencida y machucada,

y del olor a miedo que trasudan los pueblos

que viven para el día que el capataz les tarja.

Sabía de tu monte cerrado y espinudo,

del surco ardiente y rojo que abre en la piel el cháguar.

Sabía de los mágicos ritos del chaguanco,

del dolor incontable que costaba la zafra.

Recuerdo los relatos, los amigos, los juegos,

los lapachos floridos, el dulce de papaya,

mi casa junto a un rancho tan pobre, Dios, tan pobre

que allí nunca -sabía- llegaría la patria.

Recuerdo tu boliche con lujo de victrola,

tu guitarrero ciego, tu curandera manca;

tus noches sofocantes sonoras de ladridos,

tu terco paludismo, tu tos empecinada.

Oh pueblito lejano, que ingrata es tu memoria

por dulce, por dichosa que en ti fuera la infancia.

Hoy no sé cómo eres pero sé cómo eras:

un nido abandonado, una herida en el mapa.

Es que en ti estarán todos los pueblos de mi tierra,

con tu misma tristeza, con tu misma esperanza.

En todos hay un chango verdugo de los pájaros

y un rancho donde nunca quiso llegar la patria.

De Luz de Otoño- Edic. de la Dirección de Cultura-Jujuy-1984

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