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Recuerdo un ritual de casa: la limpieza de la araña de alabastro que había en el living.

Era el trabajo de papá.

Papá se subía a un banquito debajo de la araña con cara de "esto es cosa de hombres", desatornillaba los focos y los iba pasando uno a uno a mi nona que estaba lista con una franelita para repasarlos. Luego era el turno de las tulipas de alabastro: papá las quitaba con mucho cuidado una a una y se las iba entregando a mamá que debía, por supuesto, estar ahí pendiente (las tres: mi nona, mi mamá y yo teníamos que estar ahí atentas, mirando para arriba, para ayudar a papá que, una vez instalado en el banquito, no bajaba).

Mamá cargaba las tulipas rosadas y las llevaba a la cocina para lavarlas. Mi trabajo consistía en alcanzar el plumero y algunos trapitos a papá, que seguía allá arriba, sobre el banquito, impartiendo indicaciones.

Papá repasaba con toda seriedad y concentración el resto de la araña, sacaba las babitas del diablo, y después, me llamaba para que llevara de vuelta los trapitos y el plumero, llamaba a mamá para que entregara las tulipas limpias y a mi nona, que le daba los focos.

Así se limpiaba la araña del living, que era el trabajo hogareño de mi papá. Cuando terminaba, se sentaba en el sillón feliz de la labor realizada para que mi mamá le sirviera el merecido café.

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