Jujuy Al Momento

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LIBROS

Memoria y afectos en relatos sutiles

 

 

 

DAVID SORBILLE

 

 

 

El juicio final y otros relatos. David Sorbille.  Enigma Editores.

 

La primera perla de este volumen es La noche boca abajo, una pieza maestra, en la que David Sorbille da vuelta aquella cortazariana “la noche boca arriba”. La recrea con textura experimental, con gracia, recortando una ingeniosa travesura estilística. La anáfora toco tu boca, será punto de partida de seis párrafos dramatizados en apelaciones a un, donde ambos juegan en un ambiente “con olor barato a desodorante floral”. Un cuarto reconocible, al menos para mí y seguro que a muchos de la fauna porteña.

No menos dramático me resultó El límite de la razón, en el que la remisión a presos políticos, a la tortura, a espacios como Solentiname  y poetas  como Ernesto Cardenal, convierten a este relato en un envío a las luchas en Latinoamérica. No todo será irreparable para el agonista Ramírez, pese a estar libre de penurias ya, seguirá en la celda de los recuerdos ingratos. Aledaño es La caja musical, donde un niño de cinco años es testigo de una persecución política y posterior exilio. Acción que se desarrolló en “la casa de los abuelos” y que el autor trae al presente con patética puesta en escena. El juicio final, que brinda el título de esta nueva entrega de David Sorbille, se aparea a los dos anteriores, con los cortes sociológicos enmarcados  en el relato. La mano dura podría engrosar este lote, en el que un altercado callejero, lleva a un carnicero testigo a esgrimir frases que implican un retroceso cultural: el gatillo fácil.

Pero hay una hábil recursividad, como en las famosas cajas de Markov, en nuestro narrador: es el acervo cultural, las lecturas y la cuantiosa vida en los cines de barrio, lecturas  y cintas que pueden trazar amplios arcos entre Juan José Saer, Borges, Eugenie O´Neill, Kafka, Arlt, Paul Muni y Humphrey Bogart. La película, El dibujo y El día del barrio son  muestras incontrastables. La percha, esta vez un niño de ocho  años, que observa a un ícono de barrio que era “el terror de las mujeres”, que recala en una frase de Macedonio Fernández.

Historias del pasado histórico, las acciones genocidas contra los mapuches y pueblos originarios, se denuncia, por así decirlo,  en La ceremonia, cuento visible hoy en los noticieros. El cine clásico, del que nuestro narrador es un adicto—como el que escribe esta nota—aparece en la “perfomance”  del profesor Bergesio y una alumna de taller llamada Angélica : El incidente, cuya asociación será con la cinta Julia, interpretada por Jane Fonda.

Lo mítico barrial, común a la geografía costumbrista, deslinda descripciones muy felices, logrando cuadros de pinturas neorrealistas. El Tolo, la Tota y el patrón de un taller, protagonizan La apuesta , donde la sorpresa del as de espadas---no en la manga precisamente—le arma un Truco al lector. El calesitero,  otro personaje de barrio, tendrá  también una argucia abismal por parte del ingenio del narrador, para cerrar  la pieza. Voy y vengo por  estos relatos, de pronto me detengo en algún tramo o en alguna reflexión, verdaderas cajas de pandora, que refractan ironías.

 Cartas a papá, relato-misiva conmovedor, que anticipé en la Antología de Cuentos de SADE LANÚS 2017, homenaje cálido al Padre, un ejercicio dialéctico de alta temperatura lírica, en la que el autor envía cartas al Padre, mentor y guía, proyector intelectual, a la vez escritor y poeta. “Creo que el mayor premio para un hijo es conocer la música del alma de su padre”: sí: me llegó fuertemente, en una identificación que me atravesó de lado a lado. La emoción también me embargó cuando leí La dama del sueño, dedicado a Susana Fernández Sachaos, gran amiga de quien escribe esta nota, desde fines de los Ochenta y en el cruce de los Noventa. En la casa de los Mirkin, ella recitaba sus poemas y bailaba también al compás de la música de jazz. Fina poeta, de raigambre esotérica, es recordada en sus últimos momentos del Hospital  Fernández , con el fiel afecto de la amistad que caracteriza a David Sorbille.

El ritmo que imprime a sus historias es ponderable. Me remito a Mieke Bal y su Teoría de la Narrativa, que me recuerda la Isocronía, compactar el tiempo de la fábula y el tiempo de contar la historia. Todo lo que aconteció, regresa en la escena in situ. No lo dudo: David Sorbille, además de poeta y ensayista, disciplinas que domina con eficacia, es un narrador sutil que emula a narradores natos como Lubrano Zas y Juan José Manauta.

Lo que es mucho y bueno. Superlativo.

                                                                                                         

Escribe Sebastián Jorgi

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