Jujuy Al Momento

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Lo teatral

La manifestación del 8 de marzo como fenómeno de teatralidad expandida

La teoría teatral debate permanentemente la idea de teatro, qué es, cómo definirlo y cuáles son los requisitos que nos permiten identificar “teatralidad” en las expresiones humanas. Generalmente, se esgrimen poéticas clásicas que fundamentan la teatralidad occidental e incrustan forzadamente a las diversas expresiones teatrales en los cánones legitimados, es decir, aquellos que dictan que teatro es toda expresión en la que “conviven” espectadores-actores-técnicos, se desarrolla un acto creativo humano y se realiza bajo la convención de “expectación”, esto es, alguien mira lo que otro hace.

Desde nuestra perspectiva disciplinar, teatrología integrada1 , el teatro es una expresión artística y una práctica social que integra la serie cultural, por tanto, comparte con ésta su condición: derecho, bien común y recurso dinamizador del desarrollo humano. A la vez, el teatro se despliega en un canon múltiple, es decir, en expresión artística, objeto patrimonial y segmento productivo motorizado por trabajadores artísticos.

Este concepto de cultura y las nuevas perspectivas teatrológicas proponen contornos liminares, porosos y ambivalentes de teatralidad, que colisionan y/o quiebran otros históricamente legitimados: concepciones universalistas,  extemporáneas, que limitan el canon de teatralidad al “arte”.  Por lo tanto, podemos considerar que las definiciones de cultura y teatro son tan diversas como los objetos mismos. Esto explica la complejidad para consensuar una definición de teatro y, a la vez, abre la posibilidad de identificar teatralidad en expresiones que jamás hubieran cumplido con el “canon occidental generalista”.

De hecho, podemos reconocer rasgos de teatralidad en manifestaciones sociales como las del 8M, es decir, en expresiones que no se presentan como “teatrales” y, sin embargo, comportan rasgos de teatralidad que migraron a otros ámbitos de la vida en sociedad. Estos fenómenos se estudian bajo la categoría de “teatralidad expandida”.

Aquellos que participamos de la manifestación del 8 de marzo, Día de la Mujer, en la Plaza Belgrano compartimos una ceremonia colectiva, guionada con un orden de intervenciones y un recorrido pactado previamente. El espacio público fue intervenido por una ceremonia en la que mujeres y hombres reivindicamos derechos, inaugurando un ritual que se vienen repitiendo, un espacio mítico en el que se asimilan temporalidades simultáneas: reconocemos el pasado de luchas, identificamos un presente que nos concierne a todos y proyectamos futuro. El espacio público alteró su fisonomía ordinaria y la escenografía tipo de estas manifestaciones irrumpió en el espacio neutro para devolvernos una imagen diferente de la plaza, un espacio teatralizado, con carteles, pasacalles y personas distribuidas en núcleos donde se realizaban diversas actividades.

 

 

En definitiva, la plaza se transformó en el espacio que contuvo la expresión ceremonial de una protesta social con todos los ritos, actividades y secuencias guionadas que este tipo de ceremonias requieren. Gran parte de las personas que participaron intervinieron su aspecto regular, con pañuelos, pintadas en la cara y los brazos que las identificaban con las consignas propuestas por la organización. Es decir, cada uno de los participantes que jugó su rol-consigna se puede considerar “personaje” con objetivos y acciones concretas que intervinieron con su sola presencia imponiendo fuerza y reconocimiento de luchas. Más allá de las diferentes propuestas artísticas que participaron en la ceremonia de la concentración y movilización del 8M en Jujuy, podemos reconocer a la manifestación en su conjunto como una expresión de teatralidad expandida.

Esta mirada sobre acontecimientos sociales nos permite ponderar la capacidad de transformación social que comportan estas manifestaciones, porque la competencia de la ceremonia colectiva, la eficiencia de la reiteración de ritos y la creación de sentido que conlleva la participación con roles- consignas en estas expresiones históricamente han sido capaces históricamente de modificar a las sociedades. ¿Qué otro sentido tiene la teatralidad si no es la confrontación de presentación y representación de las experiencias humanas en un tiempo y espacio que sincretiza una puerta de acceso al pasado, presente y futuro de la especie?

 

 

En tiempos en los que las manifestaciones sociales se han convertido en un “espacio peligroso de participación” amenazado por la intervención de fuerzas de seguridad e infiltrados que generan disturbios, recuperar el sentido profundamente transformador de sociedades de estas manifestaciones parece una tarea urgente y necesaria.

 

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1YUSTE GARCÍA, Mónica, Juan Carlos Estopiñán y el Teatro de la Resurrección, Tesis de Doctorado, Cádiz, septiembre 2017. Inédita.

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