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Opinión

Chile: esencia de mujer

Resulta muy gratificante encontrar un gobernante que parece haber entendido por qué el pueblo le niega la confianza.

Antonio Navalón | Diario El País, de España

En este cambiante mundo estamos ante una coyuntura inédita. Cuatro de los países latinoamericanos más importantes —México, Argentina, Brasil y Chile— sufren una profunda y definitiva crisis institucional, de identidad y de credibilidad de sus sistemas políticos. América Latina está enferma de corrupción.

En un continente en el que el presidente de México, Enrique Peña Nieto, asegura que el problema de la corrupción es un tema cultural, resulta muy gratificante encontrar un gobernante que parece haber entendido por qué el pueblo le niega la confianza, algo que podría conectar con el futuro.

Michelle Bachelet (“llámame Michelle”, como le gusta decir a la presidenta chilena) intentó, en una entrevista en televisión tras el escándalo por los supuestos casos de corrupción, explicar lo inexplicable: ¿Por qué la corrupción es inherente a cualquier sistema de Gobierno? En la conversación, como si fuera producto de una iluminación, anunció que pediría la renuncia de su Gabinete. Durante 108 horas, todos dejaron su cargo. Después reubicó a algunos y destituyó a cinco de sus integrantes.

Dudo mucho de que Bachelet lo tuviera previsto. Sin embargo, considero que hay una generación —la de los supervivientes de las barbaridades de las décadas de los setenta y los ochenta— cuyo principal código de comportamiento es la estética. La estética se convierte en ética. Bachelet ganó las elecciones prometiendo una nueva constitución y un nuevo país. Sabe que el Chile que fue posible por el pacto entre malos y buenos está terminado y que la clase política no basta para encauzar las demandas de la gente.

De lo que no era tan consciente es de que la quintaesencia del fallo sistémico de la política actual iba a llegarle por la vía más insospechada. De golpe, la presidenta chilena se encontró sentenciada por el fruto de su vientre. Su hijo fue acusado de corrupción por tráfico de influencias.

En ese momento, Bachelet se dio cuenta de que estaba contribuyendo a lo mismo por lo que ha sido presidenta dos veces, lo mismo por lo que vio asesinar a su padre, lo mismo por lo que tuvo que exiliarse, es decir, estaba siendo cómplice de la destrucción de la credibilidad política, solo por el hecho biológico más determinante de la especie humana: la maternidad.

No podía cesar a su hijo de ser su hijo, no podía cesarse a sí misma de ser madre, pero sí podía hacer el sacrificio de pedir la renuncia de todo su Gobierno, acabando además con la época de la concertación y la convivencia entre lo malo y lo bueno.

Bachelet ha hecho un Gobierno dialogante. El problema es que, en la concepción del mundo pre-Internet, lo dialogante se entendía en relación con los partidos. Ahora, el mundo pos-Internet impone que el diálogo sea con las sociedades y ese es el punto de quiebra porque todas las sensibilidades políticas pretenden estar en el Gobierno, pero eso no basta. Hay que crear unas reglas de juego para que la gente no siga sintiendo que se le roba, se le engaña y se le estafa.
Vamos construyendo un enorme gueto. Dentro de la jaula, los partidos y la clase política. Fuera —chillando—, el pueblo que recibe la información y que rechaza (de momento en forma de hashtags, pero ya veremos cuánto tiempo dura eso), un juego en el que al final no le llega nada o lo que le llega le suena a nada por la creencia de que quienes mandan y se lo llevan todo son otros.

La manera en que Bachelet ha resuelto la crisis lleva a una reflexión profunda. Se cortó la mano derecha porque al acabar con su Gobierno acabó con su presidencia y con la constitución de la concertación.

Este caso trasciende a Chile, como Pinochet trascendió la brutalidad de las dictaduras. Ambos han tenido actuaciones sin complejos. Pinochet fue un dictador de voz blanda y de actuar duro. Bachelet tuvo un acto extraordinario, tratando de frenar la corrupción. No se puede seguir conviviendo y gobernando pretendiendo que muchos padezcan para que pocos se salven. Los sistemas no merecen el holocausto de las sociedades.

Chile siempre se ha puesto como ejemplo en todo el continente. Funciona más como un land alemán que como un país latinoamericano. Ahora, la crisis no es de abajo arriba, se origina desde arriba recogiendo la ola de abajo, pero sobre todo, proclamando que ya no es posible seguir así ni con la constitución, ni con el acuerdo, ni con el diálogo. Tras la reacción de Bachelet, todos los partidos están metidos en la misma piscina y huelen a la misma loción.

Lo que ha pasado en Chile es importante como reacción, pero, sobre todo, como prueba para saber si es posible o no establecer un nuevo diálogo y un nuevo contrato con unas sociedades que rechazan a sus dirigentes, aunque todavía no hayan sido capaces de encontrar métodos alternativos de gobierno.


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