Jujuy Al Momento

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Travesía Cultural

Los Barrios, segunda parte

 

CUYAYA

 

Mario Vilca, Profesor e investigador de la Universidad Nacional de Jujuy nos envía este soliloquio pleno de filosofía existencial, de estética, de significativa literatura local.

En él se perfila el barrio Cuyaya con su puente Lavalle, el Xibi Xibi, con sus aguas que llevan recuerdos, pensamientos y yuscas; el lago Popeye con la proyección de mundo ideal que le confiere la imaginación, la Vieja Terminal que no quiere sucumbir.

Digo, pleno de filosofía, porque el autor no deja de abstraerse en la contemplación de los dilemas de la vida y de las palabras simbólicas de Efeso, Mircea, de Kush…

Y, finalmente, atisbamos una rica enunciación, la de Mario Vilca.

Gracias, Mario, por el bello soliloquio que nos toca y enriquece.

 

 

Susana Quiroga

 

 

 

 

 

“Rinconcito de mi Barrio Cuyaya”. Autor: Félix de Valois Leaños.

 

 

SOLILOQUIO DEBAJO DEL PUENTE

 

Armo barquitos de papel arrugado, me acurruco apenitas entre los pliegues y me dejo llevar corriente abajo.

 

Lanzado el anzuelo al agua, nos viene enseguida la absorta contemplación de las aguas. Algunas veces pica enseguida (dicen los que conocen estas aguas) otras veces, tarda. A veces hay que venir con luna llena o con carnada de uncas (no de pan como muchas veces llevo).


La cosa es que me guarezco debajo del puente Lavalle. Por arriba pasa gente corriendo por debajo también el río pasa apurado. El único que no lo está soy yo. Aunque dijo el viejo de Efeso que yo también soy un río. Un río que baja a pescar a otro río, que acontece en el vasto río del tiempo. Entonces el puente es el que menos se mueve. 
Como las yuscas tardan en venir me pongo a mirar los hollines y me pregunto las historias que tendrá este puente.


Otro viejito de nombre Mircea, sí era rumano, decía que un puente es un símbolo, un umbral, una frontera que distingue y opone dos mundos, el mundo del orden que conjura su opuesto lo caótico, como demoníaco. También, paradójicamente, es el espacio donde esos espacios se transforman recíprocamente. No es difícil darnos cuenta que el orden se genera en el centro de la ciudad, en su plaza central. Allí están las fuerzas que cuidan este orden: el orden político, el orden religioso, el orden de la fuerza, el orden del saber. Por ello Kusch decía que cuando queremos plenitud nos vamos al centro. Pero nos engañamos cuando creemos que en el centro de la ciudad encontraremos la felicidad. O que cuando estamos descontentos marchamos hacia la plaza. Es que queremos subvertir ese orden que sentimos injusto.

Los que pasan por acá, y van de compras baratas por el mercado o las comidas de la Vieja Terminal se meten repentinamente en otro país, cerca del caos, atisbando el hedor de América. Lejos de la pulcritud, del orden y el progreso. 
Y en el medio está el río Xibi Xibi. 

En la literatura local el Xibi Xibi es un importante protagonista. En Manual para ya no amar tanto a la Patria de Alberto Alabí, el doctor Abracaite está festejando en soledad su cumpleaños debajo del puente:
“Por este río pasan todas las novelas de todos los jujeños, la de los Tijera y quién sabe, la de los Ramírez de vaya a saber, la de los Sánchez de algo, la de los Rasjido, Aramayos, Sadires. No, los Sadires y Aramayos no entran en el libro. Se admiten sólo apellidos vascos, franceses, gallegos, asturianos y hasta de Nápoles o Sicilia; pero ni turcos ni coyas.”

Más adelante, abrumado por la presión social, Abracaite se suicida. Deja su última voluntad: todos deben iniciar el Éxodo, por el río Chico hasta las Falklands. Allí los harán ciudadanos ingleses. Al final de la novela no se produce el “éxodo belgraniano” del pueblo jujeño hacia Inglaterra y sólo se va el profesor Moon.

En Venecia, de Jorge Accame, la protagonista es una vieja prostituta (Gringa) en el borde de la locura. La Gringa "cayó" de Buenos Aires a Jujuy, de la ciudad al barrio Azopardo, del amor a la traición, del respeto a la prostitución. Y sin embargo, aun sueña con el amor (Don Giácomo) en la Venecia natal. Ella, parada en la puerta de su habitación de Azopardo se repite: “No me voy a poder rajar nunca de aquí. Si estuviera Don Giácomo para ayudarme. Don Giácomo sí que era un caballero. Me decía: 'Clavelito, la voglio portare a Venezia'.

El lago Popeye, margen interno del río Chico, se convierte en Venecia. Así, la salvación se realiza mediante el amor en un mundo ideal, cuyo cauce es el Xibi xibi.

Nombrar el río es no olvidar, que los torrentes de la historia se corrijan por una poética de la justicia a los detenidos desaparecidos, como nos avisa Reynaldo Castro, en su Xuxuy en el centro del mundo.

El río Chico se nos aparece entonces como éxodo perpetuo, trasmutación incesante. Pero también como conjuro defensor de los habitantes del Entrerríos (Alejandra Vargas).

Otra vez no han venido a la cita las mojarras. Armo barquitos de papel arrugado, me acurruco apenitas entre los pliegues y me dejo llevar corriente abajo.

 

Mario Vilca . Habitante.

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