Jujuy Al Momento

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Primera parte

Los cuentos de Anderson, entre la memoria y la aproximación

Sebastián Jorgi nos comparte un rico comentario de los cuentos de Enrique Anderson Imbert  

 

Los cuentos de Anderson

Entre la memoria y la aproximación

 

¿Por dónde empezar?

 

Abordar a uno de los cuentistas más prolíferos de habla castellana, Enrique Anderson Imbert, es grato por el placer que demanda la variedad de tramas. En buena hora se ha decidido a publicar sus Narraciones Completas y En el telar del tiempo es el Tomo Primero de una serie que se inició en 1983 y que continúa hasta hoy. Este primer tomo contiene dos libros: La botella de Klein, ya editado por el Pen Club Argentino en 1975 y Dos mujeres y un Julián, inédito hasta el momento. Uno de los cuentos que me atrapó de inmediato fue Esteco, ciudad sumergida. “Por un sueño, yo no daría un paso”, dice Noah, uno de los protagonistas. A éste se opondrá Duffy, idealista y poético, que ha creído ver una ciudad encantada. Más allá de la existencia real de Esteco, el autor resolverá la cuestión por medio de un testigo, un tercero, el dueño de la posada. ¿Qué había pasado? Ante el terremoto, Duffy, el soñador, logró salvarse, mientras que el materialista Noah murió en la catástrofe. “Usted fue el que creyó en la ciudad encantada” – le dice el posadero a Duffy – “usted es el que se salvó”. La contraposición del idealista, que al “ver” la ciudad encantada, huye a través de la misma, es una respuesta filosófica. Otro de los cuentos, , describe a Ratoncito que parece salir de la frustración por medio de poderes sobrenaturales e intenta llegar a una vida plena de realizaciones. El humor es aderezo que recorre algunos cuentos de Anderson Imbert, como en La conferencia que no di donde el sueño del protagonista ha sucedido en la realidad: el fantasma, la obsesión del conferencista, el miedo a dar su disertación, habrá de cobrar presencia. En otra pieza, Mi prima May, entromete la voz del escritor en medio de la narración, lo que implica el conocimiento, la muñeca de una depurada técnica. Entre la prima May y Patrick – alter ego, desdoblamiento de Anderson – hay un duende según ella cuenta y en el que Patrick no cree. Y Patrick que se dedica a la crítica literaria, ha comenzado a escribir cuentos fantásticos. Y ambos (Patrick-Anderson) siguen diluyendo con pericia el cuento al lector, para llevarlo a un desenlace de tono irónico – o mejor, humorístico – en el que la certidumbre del duende encaja en la carta lírica del cuento. La pericia puede certificarse en Ojos (los míos, espiando desde el sótano), donde, más allá de su estructura lúdica, se convierte en una lección cuentística, lección narrada desde un personaje testigo de quince años. En Fénix de los ingenios, el paralelismo entre Fray Javier y Lope de Vega sumado al suceso del incendio de la Casa de Comedias, dan muestra de la ingeniosa inventiva de Anderson Imbert. El vampirismo en Murciélagos, o, las vicisitudes que habrá de pasar un profesor debutante en Los ojos del dragón, responden a una inagotable imaginación, tras el sostén de la experiencia en aulas y congresos.

La botella de Klein, la pìeza que titula el primer libro, es un ejemplo de meta-cuento: o sea, es una reflexión sobre los ensayos experimentales en la morfo-novelística. El personaje ha tropezado con una ciudad-biblioteca, “un anaquel de libros gigantes”, y, luego de una descripción que conforma un ambiente propicio para el extraño encuentro con Odiseo, le dice a éste que ahora hay imitadores de la Odisea, que todo lo que parece nuevo no es tan nuevo al fin: ya estaba en el libro de Homero. Monólogos interiores, puntos de vista y otras yerbas, ya habían sido presentados  en la visión homérica. Al embarcarme en estas líneas “críticas”, pese a la libertad con que siempre tomé las obras leídas, yo también me sentí perseguido por el fantasma del eximio ensayista y catedrático, por su obra Teoría y técnica del cuento (Marymar, 1975) y la anterior Los primeros cuentos del mundo, del mismo sello editor. Y más aún, siempre fui atendido por él, tanto en su departamento de la calle Peña como en el posterior de Gascón y Córdoba. Atenciones amables y plenas de consejos útiles.

Al final de este primer libro, Anderson Imbert nos presenta veinte cuasicuentos, (me gusta más que  el término minicuentos o microficciones) brevísimos, modelos de acrobacia estilística. Contra los que suponen – sobre todo los narradores noveles –, que la síntesis invita a contar,  el mundo condensado en pocas líneas puede ser una dificultad infranqueable. Dos mujeres y un Julián compendiaba cuentos inéditos, --en aquel momento--la mayor parte publicados en suplementos literarios y en revistas.

Un lúcido teórico sobre la cuentística a través de la Historia, – desde los orígenes hasta la actualidad – se ha puesto a demostrar en la práctica, las hipótesis y tesis en las más diversas tramas. Cassette, nos avisa sobre la crisis en que habrá de caer el libro (una literatura sin lectores) por el avance de la técnica. Una cruda metáfora sobre la crisis de la literatura actual, en estos tiempos en que todo es más fácil con el grabador, con la cassette: ¿regresamos a una literatura oral? Y el cuento que da título al libro, Dos mujeres y un Julián, trata de una primera travesura imaginada por Delia – que ha inventado un personaje desafiando a su amiga, la escritora –, travesura que se tornará real, con ingredientes en la onda de Ionesco. Esta dramática situación de Delia ha de volver al punto cero: la escritora regresa para salvar al personaje, porque, paradójicamente, no sólo debe admitir lo real del personaje, sino que éste ha imaginado el drama que sobrevendrá después. Es necesario remitirse al estudio preliminar de María Rosa Lojo

(El milagro y otros cuentos,  Kapelusz, 1985), una visión inteligente, original, sobre toda la cuentística del autor de El grimorio: “Lo usual es que ni siquiera se proponga explicación para lo absolutamente extraordinario, cuando ocurre, o que lo sobrenatural se resuelva, al cabo, en una ilusión de los sentidos o de los nervios” (se refiere Lojo a Esteco, ciudad sumergida, que se ha comentado). En este segundo libro se aprecia el especial ingenio para crear situaciones como en Hotel Castro, Que si el padre Martín, que si el padre Brown… remisiones culturales, o viajes a través del tiempo como en Ida y vuelta, o, tramas detectivescas constituyendo fórmulas para el cuento policial en Esa bufanda, de sangre, o, la humorada en la que el pretexto de escribir un cuento sirve para entablar una relación amorosa como en Alfa, Beta, y no digamos Gamma. Juan Cicco – prestigioso crítico literario de La Nación  y cuentista – lo ha definido así: “Anderson Imbert es un verdadero maestro del género, de los pocos que pueden permitirse el lujo de desencadenar el caos en sus narraciones, seguro de poder organizarlo y formar mundos ordenados hasta en sus ínfimos detalles”. Opinión certera por lo autorizada. Y que, obviamente, comparto.

No me equivoco, sí: Los Cuentos de Anderson (no de su casi homónimo Andersen, el de los cuentos infantiles, no tan infantiles, quizás). Los cuentos de Enrique Anderson Imbert, brillante historiador de la literatura hispanoamericana, sagaz indagador de nuestra literatura argentina, poseedor de un prisma crítico difícilmente comparable y ejemplo didáctico – ensayístico insoslayable para lo que va de los siglos XX y XXI en beneficio de las   nuevas generaciones. Catedrático de la Universidad de Tucumán, catedrático de la Universidad de Harvard, catedrático en lo que se refiere a la Teoría y Génesis del Cuento,  en su evolución a través del tiempo y en su confección, en su hechura, en su ley. Me preguntaba antes de escribir esta ponencia: ¿por dónde empezar? Más cuando se está escribiendo sobre un verdadero monumento de la literatura argentina, desde el ángulo que el lector o investigador lo quiera enfocar. No se ha hecho justicia con tamaña dimensión, sobre todo al cuentista. Se debe a una postergación – en la que los pares de la crítica han tomado parte y en la que los pares creadores de ficción, recién en estos años han tomado debida nota de la originalidad  de Anderson Imbert –, una postergación que será derrotada, como la cibernética es vencida por el libro en su cuento Cassette o como venció Duffy en Esteco, ciudad sumergida, el poético Duffy, quien cree en la ciudad encantada y merced a esto logra salvar su vida durante la inundación.  

Dos cuentos maestros de Enrique Anderson Imbert.

Lo conocí en una conferencia en el Instituto de Cultura Hispánica, en el Aula de la Tertulia Hispanoamericana, cuya presidencia estaba a cargo de Rubén Vela. Éste, fue precisamente quien me lo presentó aquella noche en la que el profesor Anderson Imbert disertó sobre el cuento. Recuerdo que estaban entre los asistentes a su conferencia, William Shand, Tomás Alva Negri y Luisa Mercedes Levinson. No me olvidaré jamás de aquella disertación sobre la que publiqué una nota en el diario “El Sol” de Quilmes.

A partir de aquel momento, lo visité varias  veces en su departamento de la calle Peña y después, cuando se mudó a la calle Gascón; en sucesivas conversaciones me di cuenta que estaba con alguien que lo sabía todo. No, no estoy exagerando. Conseguí El mentir de las estrellas, Una aventura amorosa de Sarmiento y Teoría y técnica del cuento: ficción, ensayo y teoría literaria. En una de mis visitas, recuerdo que me regaló Los domingos del profesor y La flecha en el aire. El primero, una recopilación de ensayos escritos en los domingos libres, – los domingos que le quedan a veces a los docentes para retraerse de la actividad y ensayar –, el segundo, una suma de artículos periodísticos, escritos y publicados en varios medios entre 1927 y 1940, ambos con su dedicatoria a mano en el momento de obsequiármelos. En mi actividad como docente utilicé mucho Teoría y Los primeros cuentos y también leí a mis alumnos del Profesorado y del Secundario incontables ficciones de Anderson Imbert. Y a través de esta recorrida, esporádica a veces, consecutiva otras, comprendí que estaba ante una personalidad fecunda, en  cantidad y calidad

 

Continuará en segunda parte

 

 

Sebastián Jorgi

Escritor, periodista Profesor en Letras argentino

 

 

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